jueves, 30 de agosto de 2007

La cueva de Alí Babá

LA COLUMNA DE OPINET
El Congreso de la República, la institución insignia de nuestra democracia, sigue siendo la perdición de la misma y la más clara muestra de que el Gobierno quiere pero el Estado no deja. El Congreso sigue siendo el epicentro de la corrupción política como lo demuestran las últimas denuncias y como se pone de manifiesto ante la permanente falta de interés por modificar las irregularidades que tanto molestan a los colombianos en general. A fin de cuentas, este es uno de esos casos en que los ratones están ‘cuidando’ el queso.
Todavía estaban frescas las denuncias de sobrecostos en la compra de computadores portátiles para los miembros de la Cámara de Representantes en 2006, cuando el representante José Fernando Castro Caycedo denunció el sobrecosto de 1.359 millones de pesos en la compra de camionetas blindadas y más recientemente se conocieron las irregularidades en la adquisición de equipos del canal de televisión del Congreso.
Pero el asunto no para ahí. Al costoso túnel subterráneo que une el Capitolio con el edificio nuevo del Congreso se le atribuyen fallas de diseño que hacen que muchos congresistas no lo usen, y recientemente se construyó un ‘oratorio’ que no tiene justificación alguna. Y, a pesar de tan nefastos antecedentes, en el Plan Nacional de Desarrollo 2007-2010, los congresistas aprobaron la construcción de una nueva sede del Congreso, aunque no se sabe cuándo se vaya a ejecutar o si apenas se quede en el papel.
Pero no todo es cuestión de chanchullos y corrupción. En todo el país causó gran malestar que apenas una docena de parlamentarios se hubieran tomado la ‘molestia’ de escuchar a las víctimas de la violencia que acudieron en días pasados a hacer visibles sus angustias y las injusticias de que han sido objeto. Algunos críticos le metieron tinte ideológico al asunto al afirmar que el recinto sí estuvo colmado cuando asistieron a una plenaria Salvatore Mancuso y otros comandantes paramilitares, pero olvidaron que también hubo lleno hasta las banderas el día que se presentó el cabecilla del ELN Francisco Galán.
La gran verdad de esto es una sola: el ausentismo es vergonzoso y en esa corporación se está haciendo cualquier cosa excepto trabajar. Desde el 20 de julio pasado, cuando se instaló la actual legislatura, se han radicado más de 100 proyectos de ley y no se ha aprobado ninguno. Ninguna de las comisiones de las dos cámaras ha cumplido más de siete debates y los veremos en diciembre aprobando micos y saludos a la bandera sin la menor discusión, a pupitrazo limpio.
Los peores vicios están a la orden del día en el Congreso. Es degradante que entre los mismos ‘Padres de la Patria’ se peleen por las oficinas como se pelean por hacer parte de las comisiones más apetecidas y por los puestos directivos de las mismas. Sobra decir que las presidencias y vicepresidencias de ambas cámaras se negocian como si fueran mercancía. Dentro del edificio del Congreso también hay robos de los comunes —no sólo los de ‘cuello blanco’— y se ha denunciado hasta venta de estupefacientes.
Es una vergüenza el que los congresistas tengan un sueldo superior a los 17 millones mensuales y derecho a 20 millones más para conformar la Unidad de Trabajo Legislativo, que no es otra cosa que un grupo de hasta diez expertos que le hacen las tareas al patrón, con el agravante de que muchos de ellos tampoco trabajan. A eso se le suma un fabuloso auxilio de vivienda para los parlamentarios de fuera de Bogotá —que son casi todos—, una subvención para comprar pasajes aéreos y viajar cada semana a sus regiones, ya que el Congreso sólo ‘trabaja’ de martes a jueves, y carro oficial que termina siendo usado hasta en paseos familiares.
Y estos señorones, que legislan para su propio beneficio, practican un oprobioso carrusel en el que delegan su curul a socios políticos por unos pocos meses para que opten a la pensión de congresista sin que la única heroína de esta historia, la directora del Fondo de Previsión Social del Congreso, Diana Margarita Ojeda —que ya ha ido a la cárcel por negarse a pagar pensiones fraudulentas—, pueda evitarlo.
Con todo, hay mucha gente preocupada dizque por el “régimen mafioso” que se tomó al país por la influencia de los paramilitares en la política. Pero no, es al contrario, y es peor, es que la política (con minúsculas) se tomó al paramilitarismo y lo pudrió.

miércoles, 29 de agosto de 2007

Agricultura y producción


Las condiciones agronómicas de la Sabana en la época de la Conquista no eran tan óptimas como hoy se piensa. La agricultura se vio constantemente afectada por los ciclos climáticos y sus fuertes contrastes, dentro de los que alternaban las sequías con las inundaciones, en grave detrimento de cultivos y cosechas. Estos factores, unidos a un muy bajo drenaje del suelo sabanero, fueron fatídicos tanto para la agricultura muisca como para la española. A estas razones habría que agregar el largo período de cosecha y los problemas con las heladas. Existen referencias documentales sobre el temor y el daño que ocasionaron las heladas sabaneras a los muiscas. La agricultura de gran altitud, en términos generales, ha limitado la densidad poblacional y el nivel de realización de las culturas que sustentan.
Los muiscas, a pesar de tener una gran variedad de cultivos totalmente adaptados a las condiciones, no desarrollaron toda su agricultura en la Sabana. Para enfrentar los problemas agronómicos de esta zona construyeron terrazas de cultivo y zanjas de desagüe. Existen también indicaciones de que el maíz lo cultivaban en camellones. Pero los muiscas no llegaron a construir grandes obras de infraestructura. Las carencias tecnológicas y la falta de una centralización política los limitaron en este aspecto. La solución adoptada para enfrentar estas dificultades fue la consolidación de una agricultura bien integrada en diferentes climas. Los muiscas habitaron un mosaico de nichos ambientales, desde los climas cálidos hasta los paramos.
El pueblo de Bogotá, por ejemplo, tenía tierras en el Valle de Tena en donde cultivaba maíz, frutales, plátanos, caña, ají, ahuyama y patata. Establecieron, de esta forma, lo que los antropólogos llaman un control vertical de los pisos térmicos. Un sistema que hace complementarios los cultivos y esfuerzos, dando por resultado una amplia gama de frutos y la capacidad de producir excedentes alimenticios.
Muy poco tiempo después de su advenimiento, los españoles introdujeron en la Sabana los cultivos propios de sus tierras. El clima de la Sabana permitió desarrollar la agricultura de cereales, base de la dieta hispana. El español promedio que llegó a nuestro país provenía de la zona mediterránea cuya alimentación se basa en los cereales panificables, los vegetales de huerta, las legumbres secas, el aceite, el vino y la carne de carnero.
Por otra parte, además de las semillas, trajeron animales útiles que eran desconocidos en estas tierras. Quesada trajo los caballos, Belalcázar los cerdos y Federman las gallinas. Pero fue el conquistador Jerónimo Lebrón el que introdujo en grande las más importantes innovaciones en materia agrícola, puesto que trajo semillas de garbanzo, trigo, cebada, cebolla, fríjol y arveja en grandes cantidades. Por supuesto, se siguieron adelantando los cultivos americanos tales como maíz, papa, yuca, ahuyama, hibias, cubios, ají, aguacate, plátano, etc. La dieta urbana, en consecuencia, adquirió una gran variedad al superponer los productos españoles con los nativos. Los indígenas siguieron otorgando en su alimentación diaria una notable preferencia por sus alimentos atávicos. De ahí que en una crónica fechada en 1610 se decía que “los indios, teniendo turmas y maíz, tienen todo el sustento necesario”.
Los indígenas asimilaron muy rápido el conocimiento y manejo de los nuevos cultivos, así como el manejo y cuidado de los animales que antaño desconocían (caballos, vacunos y ovejas). A su vez, aportaron su profundo conocimiento de las tierras y de los ciclos climáticos.
La más trascendental innovación de la tecnología agrícola europea fue la sustitución de los rudimentarios instrumentos indígenas de piedra y de madera por los metálicos. Los españoles trajeron hachas, arados, barretas, azuelas, palas, azadones, hoces y harneros metálicos. La contribución más valiosa fue sin duda alguna el arado metálico con rejas a manera de rastrillo. Hay un ejemplo que resulta particularmente ilustrativo: la tarea de cortar un árbol de tallo grueso con hacha metálica se hacía en la décima parte del tiempo requerido con hacha de piedra.
Después de la revolucionaria introducción de las herramientas metálicas transcurrió algún tiempo durante el cual las faenas agrícolas siguieron dependiendo exclusivamente de la energía humana hasta ya entrado el siglo XVII, cuando vino el valiosísimo aporte de la energía animal.
La tecnología agrícola introducida por los españoles no varió sustancialmente durante todo el período colonial. Su adopción social fue un proceso lento y restringido. Desde luego, las herramientas eran costosas y escasas. No fue una tecnología ampliamente distribuida. La introducción a los niveles inferiores fue lenta. Los indígenas siguieron empleando sus herramientas tradicionales pero aprendieron a usar otras técnicas por el trabajo en las haciendas.
Pero pese a todas estas dificultades, la implantación de la nueva tecnología permitió una utilización mucho más intensiva de la tierra hasta el punto de que se llegaron a obtener en la Sabana dos cosechas en el año.
La primera cosecha de trigo se dio en las cercanías de Tunja en 1543. El cultivo de la cebada fue un poco más tardío. Paralelamente con los primeros cultivos de trigo vino la construcción de molinos para el abastecimiento de harina y la consecuente producción de pan. Según las crónicas, fue Doña Elvira Gutiérrez, esposa del conquistador Juan Montalvo, la primera persona que en Santafé produjo pan de trigo en un horno rudimentario. A medida que los caminos fueron mejorando lentamente, en la misma forma se fue intensificando el empleo de caballos y mulas y disminuyendo el de indios para el transporte de pasajeros y carga, especialmente en los viajes hacia el Magdalena.

Lo corriente durante el siglo XVII era un uso mixto del suelo: agricultura y ganadería. En orden descendente de importancia, los principales cultivos eran trigo, maíz, cebada y papa. En ganadería, y en el mismo orden, las principales crías eran ovejas, vacunos, cerdos y cabras.

lunes, 20 de agosto de 2007

Economía regional y urbana


Para los conquistadores y en general para el español post medieval, la posesión de la tierra tenía otros significados más poderosos que el puramente económico. En ella estaban involucrados el rango social, la categoría personal y otros privilegios que implicaba dicha posesión. Para los conquistadores de primera hora que llegaron a la Sabana el poblamiento propiamente dicho tuvo una importancia secundaria.
Gran parte de ellos prefirió continuar las incursiones de conquista y la vida azarosa en búsqueda de tesoros y metales preciosos. Otros pocos, sin embargo, prefirieron orientarse hacia una vida sedentaria poblando la tierra, usufructuando estancias y la adjudicación de indios para las encomiendas.

El proceso económico en las fases de Conquista y Colonia podría sintetizarse, según la modalidad económica dominante, en las siguientes tres etapas:

1) Expediciones de conquista y búsqueda intensa de metales preciosos (hasta 1550).
2) Encomienda fundada esencialmente en mano de obra indígena (hasta 1600). Y en menor grado minería de plata. (Las Lajas, Mariquita).
3) Estancias , haciendas y comercio (a partir del siglo XVII).


La tierra se asignaba en forma de mercedes adjudicadas por las autoridades. En la primera fase fueron los encomenderos, es decir, los que recibieron repartimientos de indios, quienes por lo general recibieron las mercedes de tierra. Desde un punto de vista legal, la asignación de encomiendas no daba derecho sobre las tierras.
De manera enfática, la Corona quiso separar el control sobre los indios de la soberanía territorial. Sin embargo, la parte básica del proceso de apropiación de la tierra siguió, como en muchos otros aspectos, un curso extralegal de facto, en beneficio del principal poder local: la encomienda.
Finalizando el siglo XVI, hacia 1590, las mejores tierras de la Sabana estaban asignadas. Quiere ello decir que en un período de cincuenta años la composición básica de la tenencia de tierras estaba virtualmente definida. Empero, la concesión de mercedes alcanzó a extenderse hasta la tercera década del siglo XVII

A partir de 1592 con la pérdida de hegemonía social por parte de los encomenderos y con la afirmación del poder del Monarca, se le quita al Cabildo su potestad en la asignación de tierras. Desde esta fecha hasta 1640 hubo cambios en las condiciones para otorgar tierras.
Existían un conducto regular y un funcionario, que dependía de la Audiencia y del Presidente. Por otra parte se produjo un cambio de gran importancia consistente en el tamaño de las mercedes, es decir, la unidad de área para asignar (estancia de ganado mayor) se redujo en 12.5 veces. Además se puso en vigencia un número mayor de requisitos y controles administrativos para la adjudicación de tierras.
La petición de merced se hacía al Presidente y éste, a su vez, utilizaba como oficiales de campo a los corregidores para una labor de inspección sobre el terreno a entregar. Esto no excluía la posibilidad de manipular la decisión. Los documentos muestran casos de soborno. Esta situación señala la influencia que en este campo se ejercía en los niveles inferiores. Cuando la decisión dependía del Cabildo, las conexiones directas de la élite contaban decisivamente. Ahora, con la existencia de una mayor diversidad social, otros estratos blancos podían acceder a la tierra.

Para fines del siglo XVI se hizo un intento con motivación fiscal por revisar y sanear los títulos de las tierras. Como una buena parte de éstas permanecían bajo posesión y sin títulos de merced, y, como todas las tierras eran de la Realeza, se pensó en cobrar una tarifa que permitiera legalizarlas. A pesar de las expectativas y del realce que se le ha dado a la medida (Liévano Aguirre la llamó la “primera reforma agraria”), sus resultados fueron bien pobres.
La Corona no recibió lo que esperaba en términos fiscales, y la tenencia de la tierra no se afectó.
Entre 1595 y 1602, época durante la cual se efectuaron los pagos de las composiciones a la Caja Real de Santafé, ingresaron por este concepto un total de 13.000 pesos oro. Cifra bien pobre puesto que en comparación con los ingresos por Requinto impuesto recién estatuido es bastante inferior. Ante la ausencia de medios coercitivos por parte del poder colonial, la composición se volvió casi una acción voluntaria. La Corona no estaba en condiciones de comprar las propiedades no legalizadas, ni podía obligar a los ocupantes a pagar. Pocas estancias y haciendas se acogieron a la figura de la composición y las que lo hicieron aportaron sumas insignificantes.
En 1600, cuando llegó el visitador Egas de Guzmán, el oidor Henríquez propuso que las tierras cuya posesión no pudiera ser correctamente justificada se vendieran en pública subasta con el fin de brindar la posibilidad de poseer tierra a otros estratos sociales como comerciantes, medianos agricultores y funcionarios de distintos niveles de la burocracia.
Lo que sí hizo esta serie de visitas fue poner de presente una nueva realidad en cuanto a la tenencia de tierras: la tierra de la Sabana empezó a tener valor y a adquirir movilidad a partir del siglo XVII. Se convertirá, a partir de esta época, en el principal recurso y alrededor de ella se ordenará la vida económica y social de Santafé.
En el siglo XVIII hubo algunos conatos reformistas. Se dio el importante paso de nombrar un “juez de tierras” para revisar títulos y resolver todo tipo de litigios y problemas. En 1724, y más tarde en 1754, se realizaron intentos por revisar y limpiar los títulos. El enfoque, sin embargo, fue predominantemente fiscal.
A la precariedad legal de la posesión se sumó la imprecisión de los linderos que separaban unos predios de otros. Se aceptaba tácitamente que el mejor mojón era el consenso entre los vecinos. Sin embargo, esto no siempre ocurría y por lo tanto proliferaban los pleitos y querellas entre propietarios.

Fuera de estos intentos por afectar la tenencia de tierra, no se conocen otras acciones efectivas por parte de la Corona. En general, la estructura de propiedad del suelo pasará por una ocupación de hecho en la cual la acción del poder colonial y de las leyes tan sólo podrá refrendarla pero no cambiarla.

sábado, 11 de agosto de 2007

El Cabildo, el protocolo y la religión


La sociedad colonial era ante todo una sociedad explícitamente jerarquizada. El puesto de cada persona debía definirse dentro de una escala vertical. En los medios urbanos y dentro de ellos en las capitales esta definición tenía razones adicionales. Los rangos y jerarquías se mostraban de manera ostentosa por medio de diversos signos externos tales como el lugar que cada uno debía ocupar en determinadas sesiones así como en los desfiles, los trajes que se lucían y el lujo y la calidad de las sillas que se ocupaban.
Por otra parte, existía una predilección muy marcada por el boato, tanto en las celebraciones civiles como en las eclesiásticas. Para estas últimas el Cabildo poseía por derecho propio escaños y reclinatorios en todas las iglesias de Santafé.
En todos los festejos el Cabildo se convertía en el gran personaje protagónico por cuanto organizaba y financiaba las celebraciones. El Regidor y el Alférez Real tenían el privilegio de portar el pendón real por las calles. Igualmente, en las fiestas religiosas los cabildantes sostenían el palio que resguardaba al Santísimo.
Muchas veces se presentaron agrios enfrentamientos con el Cabildo Eclesiástico debidos casi siempre a disputas por estas preeminencias. En el siglo XVIII, para las grandes celebraciones los cabildantes tuvieron el privilegio de usar el mismo uniforme de sus similares en Ciudad de México. Usaban casaca de paño negro, calzón corto y chaleco de casimir blanco, medias y corbata de seda blancas también, sombrero elástico con pluma negra y en la solapa de la casaca un escudo de plata cincelada con las armas de la ciudad. Los alcaldes ostentaban en su mano derecha, la vara o bastón de justicia, símbolo de su calidad judicial.

Así como el Cabildo pretendía mantener una relación muy directa con el Rey teniendo siempre cerca de él un procurador que lo representaba, quiso siempre tener abogados eficaces ante la Divina Providencia. Durante toda la época colonial Santafé estuvo expuesta a tragedias permanentes. Cuatro de ellas la tocaron particularmente y preocuparon a sus dirigentes: las pestes (epidemias), las plagas agrícolas, los temblores y las heladas.
Por solicitud especial de la reina Ana, última esposa de Felipe II, fue entronizada Santa Isabel de Hungría como patrona de Santafé. Esta consagración fue refrendada por Fray Luis Zapata de Cárdenas, segundo Arzobíspo de Santa Fe, quien trajo en su equipaje desde España la cabeza de la santa para conservarla devotamente en esta capital. Sin embargo, el Cabildo consideró que no bastaba una sola santa para proteger eficazmente a la ciudad contra toda laya de estragos y desastres, por lo cual decidió diputar algunos otros santos con el prudente fin de reforzar la guardia.
Teniendo
en cuenta que el peor enemigo de los agricultores sabaneros eran los violentos cambios climáticos y las heladas, el Cabildo decidió realizar un minucioso escrutinio en el abigarrado santoral de la época para encontrar en él un protector acucioso de los cultivos y cosechas de estos contornos.
El procedimiento para elegir santos patronos era pintoresco en extremo. Se realizaba por sorteo. Los jerarcas del ayuntamiento echaban en un vaso papeletas con los nombres de diversos santos; a continuación se elegía un párvulo de la vecindad para que, sin mirar las papeletas, sacara una, con lo cual quedaba definitivamente designado el santo protector que se buscaba. La razón por la cual se escogía un niño para realizar el sorteo era que, según el criterio de los cabildantes, la inocencia propia de los infantes hacía más transparente la voluntad Divina.
En una oportunidad, en la que se buscaba angustiosamente un santo e intrépido debelador de heladas y borrascas, ocurrió lo que los cabildantes consideraron como un auténtico milagro. Después de invocar las luces y la gracia del Espíritu Santo se dio comienzo a la ceremonia y el niño elegido para el efecto metió, la mano en el recipiente y sacó una papeleta que contenía el nombre de San Victorino.
Atónitos ante la extraña aparición de un santo que nunca habían oído mencionar, los señores del Cabildo procedieron de inmediato a escudriñar cuidadosamente breviarios, misales, libros de horas y sesudos tratados de hagiografía cristiana tras la huella de este extraño y desconocido Victorino. Todo en vano. Por ninguna parte aparecía aureolado alguno con ese nombre.
En consecuencia los presentes reintegraron la papeleta al vaso y decidieron repetir el sorteo. Revolvieron las papeletas y el niño volvió a sacar una. Grande fue el estupor de todos cuando vieron que en caracteres muy claros aparecía de nuevo en ella el nombre de San Victorino. Los cabildantes empezaron a barruntar el milagro pero sin embargo decidieron hacer una tercera prueba. Agitaron rabiosamente el vaso con las papeletas, vendaron al niño y le pidieron que repitiera la operación. El milagro quedó confirmado. Por tercera vez aparecía una papeleta con el nombre del misterioso San Victorino. Convencidos ya de que se trataba de un claro designio de la voluntad divina, admitieron por unanimidad la existencia de este santo consagrado como ‘obispo y mártir’ y lo exaltaron como santo protector de nuestra Sabana contra el azote de los hielos. Y para despejar cualquier duda, en 1598 el sacerdote Fray Francisco de la Trinidad y Arrieta trajo de Roma un hueso de San Victorino que el religioso reputaba sin duda alguna como absolutamente legítimo. El mayordomo de la Catedral recibió el hueso y lo colocó en un lugar especial dentro del templo.
Desde tempranos tiempos coloniales hubo en Santafé una devoción muy fervorosa por la santa imagen de la Virgen de Chiquinquirá. El arzobispo Zapata de Cárdenas avaló los milagros de esta Virgen y cuando se presentó la terrible epidemia de viruela de 1633, el prelado la mandó traer con el fin de conjurar el flagelo. Fue expuesta en la Catedral y, según se dijo entonces, “con su venida sosegó la peste y mal contagioso”. A partir de ese momento fue reconocida y consagrada como patrona protectora contra toda suerte de pestes y epidemias. Tan agradecida quedó la población santafereña con la intercesión de la Virgen que solicitó al Arzobispo la permanencia definitiva de la sagrada imagen en Santafé. Por supuesto, los vecinos de Chiquinquirá pusieron el grito en el cielo y se presentó un duro forcejeo que terminó en que finalmente la imagen fue devuelta a su sede original con la condición de que cada vez que hubiera en Santafé cualquier síntoma de peste o epidemia, la Santa Virgen fuera traída a la capital. Esto ocurrió varias veces y siempre que la imagen viajó a la capital el Cabildo en pleno salió a recibirla a las cercanías de Santafé a fin de imprimir mayor solemnidad a su ingreso a esta ciudad.
La Santafé colonial estuvo adosada a los cerros orientales. Estas moles, entre las más altas de la Sabana, crean un microclima más húmedo y predisponen a la ciudad para las descargas eléctricas. Desde 1565 un suceso particular consagraría a Santa Bárbara como abogada de los rayos. En la noche del 27 de noviembre hubo una gran tempestad de “lluvia y truenos” y un rayo cayó en la casa de Lope de Céspedes, muy principal encomendero. La casa y la servidumbre se destruyeron pero dejaron indemne a la familia. En compensación a tan fantástico hecho, Santa Bárbara obtuvo consagración y capilla a expensas de Don Lope. En 1565 los magistrados del Cabildo, temerosos como todos los santafereños de la furia mortífera de los rayos, designaron a Santa Bárbara como protectora de la ciudad contra las espantables descargas eléctricas.
Desde fines del siglo XVII se presentó en la Sabana una plaga que atacaba con especial sevicia los cultivos de trigo y a la que las gentes de la región dieron el nombre de “polvillo”. Enterado el Cabildo de este azote, celebró la consabida sesión con el vaso lleno de papeletas y el niño inocente de cuya mano saldría el santo que tomaría a su cargo el problema del polvillo. La suerte favoreció a Nuestra Señora del Campo, cuya imagen aún se venera en la Recoleta de San Diego. A partir de ese momento se conmemoró todos los años esta consagración de la Virgen del Campo como defensora de los trigales con una celebración que se conoció popularmente como “la fiesta del polvillo”.
Finalmente había otro género de calamidades contra las que no se había nombrado todavía un protector eficaz: los movimientos telúricos. Durante los tiempos coloniales Santafé padeció graves remezones sísmicos que causaron víctimas y destrozos en las edificaciones, acaso no tanto por su intensidad como por lo precario y endeble de las construcciones. Fue así como en 1625 el Cabildo Eclesiástico presidido por el arzobispo Arias de Ugarte consagró a San Francisco de Borja corno “abogado contra los temblores de tierra”. Como hecho digno de señalarse destacamos que a esta ceremonia asistió Don Juan de Borja, nieto del santo.

Una de las primeras publicaciones impresas que conoció Santafe fue el “Aviso del Terremoto”, en 1785, lo cual muestra hasta qué punto commocionaban estos trágicos eventos.

jueves, 9 de agosto de 2007

Salsa al parque


La salsa, ese delicioso ritmo afroantillano que se radicó en Bogotá desde los años 80, se gozará a pleno en el 10° Festival Salsa al Parque, del 10 al 12 de agosto en el Parque Simón Bolívar. Invitados de Cuba, Perú, Puerto Rico y Colombia, harán parte del Festival, organizado por la Secretaría de Cultura, en el marco de la celebración de los 469 años de la Capital.
En Bogotá cualquier calle céntrica o una esquina chapineruna, se mueve al son de ‘Pedro Navajas', ‘Decisiones' ó ‘Un verano en Nueva York'. Cuando cae la noche, en las tarimas de bares como Quiebracanto, El Goce Pagano ó Galería Café Libro, retumban las descargas salseras para elevar la temperatura de la fría capital.
El público grita, se mueve al compás de un chachachá y evoca las inusitadas y tradicionales cumbanchás que décadas atrás llenaron de ruido y jolgorio los barrios de La Habana, San Juan, o Nueva York.
Evidentemente, Bogotá es territorio de la salsa, y durante tres días lo demostrará en el Parque Metropolitano Simón Bolívar.
Esta nueva edición de Salsa al Parque, festival que nació en 1997, llega cargada de varias atracciones. Vendrán grupos de gran trayectoria como Guayacán Orquesta de Cali, Alfredito Linares, invitado especial de Perú, Grupo Galé y Banda La República de Medellín, la Orquesta María Canela, Hansel Camacho y Orquesta Aragón (Cuba), además de los músicos bogotanos más destacados, como La Real Charanga, La 33, Jam Block y La Banda, a las que se sumarán seis orquestas, ganadoras de las convocatorias de música de la Secretaría de Cultura, que reflejan la nueva salsas capitalina. Estas orquestas son: Estudiantes de la salsa, Yoruba orquesta, Caribe son, Grupo la banda, Bronx orquesta y Adiki.

Junto a ellos, en la tarima, brillarán las potentes coreografías de los bailarines, entre las que se destacan La Compañía de Bailes Swing Latino de Cali, integrado por 30 bailarines Campeones en el Mundial de Las Vegas 2006.
La Compañía Escuela Swing Latino es la primera Compañía de Baile de Salsa en el Mundo, tal como lo acreditan los títulos ganados en los más prestigiosos campeonatos de salsa donde dirimen primacías los mejores bailarines y compañías de salsa del planeta. En el 2006 Swing Latino gana el Campeonato Mundial de Salsa de Miami, el Festival Mundial de Salsa de Cali y a finales del año gana el Campeonato Mundial de Salsa de las Vegas (USA) auspiciado por la cadena ESPN Deportes, con un Primer Lugar en la Categoría de Grupo y el Segundo Lugar en la Categoría de Pareja, ambos en la modalidad de Salsa Cabaret.

Y para deleitar al público asistente con sus mejores mezclas, el Festival Salsa al Parque contará este año nuevamente con el Encuentro de Disc jockeys de la emisoras salseras de la Capital, que alternarán con la presentación de las Orquestas y bailarines en los tres días del Festival en el Simón Bolívar.
Los DJ que participarán en Salsa al Parque son: Omar Paez de Radio El Sol, Jayson Puentes de LAUD Estéreo, Carlos Molano de Radio Kennedy, Fernando López de Salsuba, Elmer González de Radio Universidad de Puerto Rico, Jaime Velasquez y Carlos Amaya de Radio Super y Manuel Durango de la Emisora de la Universidad Nacional , Jaime Cruz de Capital Radio y Felipe Arias de de 99.1 Javeriana Estéreo.

Salsa al Parque, programó además en escenarios como la Sala Oriol Rangel del Planetario, la Universidad Santo Tomás y el Auditorio de la Antigua Calle del Agrado, actividades didácticas, con charlas magistrales a cargo de expertos musicales como Elmer González (de Radio Universidad de Puerto Rico), Liliana Casanela (del Instituto Cubano de la Música), Alfredito Linares de Perú, Fernando España y Manuel Rodríguez.
Además habrá una muestra de videos los días 8 y 9 de agosto a cargo de Jaime Rodríguez de 6:00 a 8:00 p.m. en el aula 209 del Edificio Fernando Barón de la Universidad Javeriana.
Entrada calle 40, 200 metros arriba de la carrera 7.
La entrada a todas las actividades del Festival será libre.
El objetivo de Salsa al Parque, es además de pasar tres días bailando y gozando de la música, rescatar las memorias de la escena salsera capitalina.