miércoles, 31 de octubre de 2007

El abasto de Santafé


Tan importante fue para la administración colonial el correcto abastecimiento de los centros urbanos que dicha función estuvo sometida en casi todas sus líneas al régimen del monopolio.
Era un punto de preocupación tanto económico como político. En los regímenes precapitalistas la escasez de alimentos ha sido la principal fuente de levantamientos populares.
La posición geográfica de Santafé resultó privilegiada en materia de abastos alimenticios, dadas la feracidad del suelo sabanero y, por otro lado, su cercanía a otros pisos térmicos. Todo esto le permitió contar con una excepcional variedad de frutos durante todo el año. Además, Santafé haría valer su calidad de centro metropolitano para abastecerse forzada y ventajosamente en detrimento de regiones vecinas.
Los productores de Tunja y el Alto Magdalena tenían la obligación de suministrar a Santafé determinadas cuotas de trigo y carne a precios acordados con las autoridades capitalinas.
Los dos productos críticos del abasto eran los ingredientes básicos de la dieta española, el trigo y la carne. Sobre estos dos artículos se ejerció un control de precios estricto y permanente durante todo el período colonial y se aplicaron medidas fuertes y exageradas como el control de precios.
A lo largo de toda su historia, Santafé, amparada en su supremacía política, forzó una estabilidad de los precios a largo plazo, hasta el punto de conservarlos prácticamente invariables durante dos siglos y medio.
La explicación de este fenómeno tan particular reside en el esfuerzo de los altos funcionarios coloniales por defender su nivel de vida. La burocracia tenía salarios bajos y estables. En la defensa de este precario ingreso se encuentra la clave para el rígido control de precios de la carne que, como vimos anteriormente, tuvo resonantes consecuencias, la principal de ellas inhibir el desarrollo de una actividad ganadera en la Sabana y, colateralmente, prohijar el desabastecimiento de Santafé.
Metidos en tan rígida cintura, los hacendados de la Sabana se dieron a la tarea de exportar ilegalmente sus productos a regiones tan lejanas como Antioquia, Mompox y Cartagena y a otros lugares más próximos como Honda y Mariquita. Todas estas zonas donde había buena demanda de productos sabaneros. Lógicamente, las autoridades de la capital respondieron con medidas más drásticas aún.
Igualmente, se ejercía un control muy severo sobre la elaboración y mercadeo del pan, artículo que daba lugar a uno de los más intensos movimientos comerciales de Santafé. Sólo la producción y venta de chicha rivalizaban con el pan. Hacia 1602 estaban registradas en la ciudad 49 panaderías o “amasaderos”, como las llamaban entonces.
A fines del siglo XVIII los panaderos, ante la inflexibilidad de los controles, optaron por bajarle el peso al pan. El Cabildo contraatacó dictando una ordenanza en virtud de la cual los panaderos quedaban obligados a expender su producto marcándolo con un sello que identificara el respectivo amasadero para efectos del control y posibles sanciones. Pero finalmente el Cabildo se vio obligado a ser un poco más flexible aceptando que el peso del pan variara según el valor de la harina. En esa forma se establecieron entonces tres categorías de pan, de primera, de segunda y de tercera, y se fijaron públicamente los precios correspondientes a cada categoría.
Otro producto tan importante como el pan era el sebo animal con el que se fabricaban las rudimentarias velas que, al quemarse, despedían un olor muy poco grato pero que eran indispensables por ser el único medio de alumbrado doméstico con que contaba la capital.
En
su condición de artículo de primera necesidad, las velas de sebo, en la fase de mercadeo y venta, estaban sujetas al régimen de estanco como parte del privilegio que tenía el “abastecedor”.
En 1712 se destaca la fábrica de Lázaro Hernández que, según un cuaderno de abastos, procesó en ese año 770 arrobas de sebo entregado por el abastecedor, Con la escasez de ganado, las velas corrían una suerte semejante. Sin embargo, estas crisis tenían alivio parcial en los jiferos clandestinos que sacrificaban reses a espaldas de la ley y vendían cuero y sebo de contrabando.
La leña era también un producto de primera necesidad en Santafé, ante todo para la cocción y horneo de los alimentos. Parte del tributo que cobraban los encomenderos se pagaba en leña. En el siglo XVII se fijó un servicio obligando a las comunidades indígenas a aportar a la ciudad una cuota determinada en cargas de leña, servicio que recibió el nombre de “mita de leña”. Más tarde se abolió la mita y aparecieron numerosos “leñateros” independientes cuyo oficio era proveer de leña y carbón vegetal a Santafé.
Además de la vacuna, la carne ovina era muy apetecida en la ciudad. Los carneros llegaron a representar la mitad de los animales sacrificados en las carnicerías santafereñas. En contraste con los frecuentes problemas que encontró el abastecimiento de ganado vacuno, la Sabana en todo momento pudo proveer en forma generosa a la capital de carne ovina, así como de sebo de la misma procedencia para la elaboración de velas. De un carnero se sacaban entre 14 y 17 palancas de velas, las cuales valían entre 319 y 380 pesos.
La carne de cerdo ocupaba el tercer lugar, aunque también su consumo era considerable. La carne de carnero y la de cerdo debieron ser productos sustitutos de la carne vacuna. Aunque no se tienen datos seriados sobre el consumo de cerdo, a juzgar por la cifra encontrada, el consumo debió ser apreciable.
Para 1772 se registra para Santafé un total de 4.016 porcinos. El sacrificio de cerdos dejaba un importante producto secundario, el tocino. La manteca de cerdo reemplazaría dentro de la dieta española el aceite de oliva como medio para freír. Además, el gusto español por la grasa de cerdo, el cual pasó a América, tiene razones culturales y religiosas. En la Península sirvió como elemento básico para identificar a los cristianos viejos y genuinos, ya que el consumo de grasa porcina está desde tiempos bíblicos duramente proscrito por la ley mosaica. Los judíos eran en aquellos tiempos especialmente celosos en la observancia de esta norma, debido a lo cual el repudio al tocino sirvió infinidad de veces para descubrir a no pocos falsos conversos. Los cristianos de antiguas raíces, en contraste, no sólo comían tocino sin medida, sino que gustaban de hacer pública ostentanción de su grasosa dieta a manera de signo distintivo de su inequívoca condición de cristianos viejos.
Desde tiempos prehispánicos, los muiscas derivaron parte de su alimento de la no muy variada pero sí rica fauna ictiológica de los ríos sabaneros. Los indios conservaron a través de generaciones una notable destreza en la pesca fluvial, tanto con red como con anzuelo. A partir de la Conquista, el consumo de estos peces se incrementó de manera muy considerable, no sólo por su exquisita calidad, sino por las prolongadas vedas de carne que imponían los tiempos de cuaresma.
Para nostalgia de quienes deploramos la transformación de nuestro río Bogotá en una cloaca inerte, maloliente y sin vida, resulta oportuna la lectura del siguiente pasaje del cronista Villamor en 1722:
“Este caudaloso río provee para el regalo abundantes peces dedos especies: unos pequeños de figura de sardina llamados `guapuchas’, y otros mayores de color amarillo, negro y azul, sin escamas llamados ‘capitán’, en los que ha hallado la curiosidad misterio, porque divididas las espinas de la cabeza, en cada una se representa una imagen de los instrumentos de la pasión de Nuestro Redentor”.
El capitán se convirtió en una de las más finas delicadezas en los refectorios de la gente acomodada. Existen referencias informando que era secado y ahumado con el fin de conservarlo y/o comerciarlo. El capitán se siguió encontrando en los ríos de la Sabana hasta finales de período colonial. No obstante, en la última época estaba ya a punto de su total extinción.

miércoles, 24 de octubre de 2007

La otra muerte de Orlando Sierra

LA COLUMNA DE OPINET
A Orlando Sierra lo mataron otra vez. La primera ocasión fue el 30 de enero de 2002, en Manizales, frente a las instalaciones del diario La Patria, del cual era subdirector.
Era un periodista comprometido y un columnista audaz. De su pluma brotaban verdades incómodas contra la dirigencia política del departamento de Caldas, de las que no se escapaba ninguno de los caciques que controlan esa próspera región: Omar Yepes Alzate y su hermano, Arturo; Víctor Renán Barco y su aliado, Ferney Tapasco; quien es señalado como autor intelectual del crimen de Sierra.
Todos sabían que lo iban a matar. Lo que nadie sabía era cuándo ni quién iba a decidirse primero pues, a pesar de que hoy la autoría intelectual es un secreto a voces, los disparos podrían haber venido de muchos flancos.
Sierra se había convertido en el enemigo más visible de los corruptos de su región, en el marco de un país que viene librando con éxito una lucha contra la subversión, que está derrotando al paramilitarismo, que golpea sin piedad a las bandas del narcotráfico, pero donde la corrupción política todos los días se reinventa, sobrevive y se multiplica.
En la tarde de ese miércoles, Orlando llegaba a su oficina en compañía de su hija. El sicario llevaba dos horas esperándolo como quedó registrado en un video de seguridad. Después diría que se equivocó de víctima y el juez le creyó. En el video se ve claramente cuando se acerca a Sierra y le propina dos disparos. Luego aprovecha la confusión de la gente y huye sin afanes, pero sin suerte. La Policía lo detuvo cerca de ahí.
El martes 2 de octubre de 2007, el sicario Luis Fernando Soto Zapata, autor material del homicidio, recobró la libertad después de sólo cinco años de cárcel.
El sicario había sido condenado inicialmente a 29 años de prisión (350 meses), pero le rebajaron la pena a 19 años y medio (234 meses) por ‘confesión’, un beneficio inconcebible si se tiene en cuenta que el video permitió su identificación plena. Como si fuera poco, el criminal se acogió al beneficio de ‘sentencia anticipada’, por lo que recibió más descuentos de pena: le disminuyeron la tercera parte de la condena inicial, o sea nueve años y nueve meses (117 meses). Sin embargo, en marzo de 2005, un juez de Manizales revocó el descuento de la tercera parte y aumentó la rebaja a la mitad de la pena, de acuerdo con el principio de ‘favorabilidad’, en aplicación del nuevo Sistema Penal Acusatorio. La condena quedó en 14 años y siete meses (175 meses).
Pero hay más: según el antiguo Código Penal, el criminal tiene derecho a libertad condicional al cumplir las tres quintas partes de la pena, 105 meses en este caso, pero para Soto sólo fueron 67 pues por concepto de ‘Justicia y Paz’ (la ley tramitada para desmontar el paramilitarismo, que contempla rebajas para todos los presos del país en aras del derecho a la ‘igualdad’ promulgado por la Constitución), un juez de Tunja le otorgó 17 meses y 15 días de redención; y por concepto de ‘estudio y trabajo’, le regalaron otros 21 meses, sin estudiar ni trabajar.
En total, el asesino del periodista Orlando Sierra, estuvo en la cárcel desde el 30 de enero de 2002 hasta el 30 de septiembre de 2007, y si Su Santidad el Papa nos hubiera visitado, hubiéramos quedado debiéndole un par de años a este criminal.
Esas son las matemáticas de la justicia colombiana. El asesino de Andrés Escobar estuvo once años en prisión aunque había sido condenado a 43; el dirigente político Alberto Santofimio Botero, condenado a 24 años por el magnicidio de Luis Carlos Galán, no estará en la cárcel más de diez, y Luis Alfredo Garavito, el monstruo que violó y asesinó a por lo menos 150 niños, saldrá libre en dos o tres años, cuando cumpla unos doce de condena, o sea menos de un mes por cada crimen.
Esos mismos bandidos que Orlando Sierra denunciaba en sus columnas, se reúnen cada tanto en el Congreso, a legislar estas infamias. Parece que la legislación penal estuviera inspirada para beneficio propio, para obtener la libertad pronto en caso de que la Justicia algún día los castigue.
La vida en Colombia no vale nada. Si no hubiera ningún detenido por el crimen de Orlando Sierra, vaya y venga, no quedaría más remedio que aceptar tamaña impunidad con resignación, pero a lo que estamos asistiendo es a una vergonzosa piñata judicial por la cual los criminales ganan la calle en un parpadeo. El ciudadano de bien queda tranquilo al escuchar la sentencia y después se encuentra al delincuente en la calle, gracias a la feria de los descuentos y las gangas de una legislación pervertida. Así, la impunidad es general, los delincuentes vuelven a sus andanzas y el ciudadano desprotegido debe hacer justicia, o por lo menos defenderse, por cuenta propia.

sábado, 20 de octubre de 2007

La economía en la ciudad


Durante mucho tiempo la principal entrada de productos básicos a la ciudad se hizo por el mercado a campo abierto en la Plaza Mayor. El mercado de plaza fue el lugar de abasto más importante y los días de mercado aumentaron, se adaptaron a la demanda, localizaron y especializaron el sistema.
Los mismos cosecheros venían con sus productos a ponerlos directamente en venta. La presencia y la importancia de los intermediarios no están definidas, pero éstos aumentaron su número y su peso dentro del comercio de acuerdo con el volumen poblacional. Podemos decir que, dada la escasa magnitud a que llegó la demanda de Santafé, el sistema de plaza de mercado, incluso en su versión más desarrollada, no tuvo reemplazo en todo el período colonial.
Inicialmente, el mercado principal estuvo localizado en la llamada Plaza de las Yerbas, hoy Parque de Santander. A partir de 1550 se realizó en la Plaza Mayor, sin que desapareciera el anterior.
El día de mercado en Santafé podría reconstruirse vivamente observando con detenimiento los mercados de los pueblos. Eran días de gran agitación y movimiento en los que llegaba a triplicarse la población de la ciudad.
El
primer acto era la misa, y luego empezaba el vértigo de las transacciones, compraventas y negocios de toda índole. Lógicamente, el día de mercado era el mejor para las chicherías, cuyas ventas se multiplicaban hasta lo inverosímil.
Al caer la tarde eran frecuentes las riñas y a menudo los visitantes organizaban carreras de caballos con apuestas en las principales calles. Cantidades ingentes de caballos y mulas hacían intransitables las calles con sus desechos.
Un documento se queja de los peligros que se podían correr con tal cantidad de bestias en la calle. Golpeaban en la cara con su cola a los transeúntes, quienes corrían con “los riesgos de una coz o atropellamientos con otros impolíticos incómodos (detritus orgánico)”.
Había restos de viandas y basuras por doquier. Los vendedores ambulantes llenaban las calles con sus voces anunciando pan, esteras, velas o carbón. La animación era también aprovechada por mendigos que, vestidos de nazarenos, incomodaban con sus peticiones. Los maromeros y saltimbanquis aglomeraban a la gente en las esquinas. Los innumerables clientes de las chicherías protagonizaban pendencias callejeras y cometían toda suerte de atentados mayores y menores contra la seguridad y la salubridad de la ciudadanía.
En las primeras horas del alba arribaban los cosecheros, ya que les estaba prohibido llegar de noche con el fin de impedir que fueran interceptados por los regatones (llamados “atravesadores”) que solían salirles al encuentro en horas nocturnas y en las afueras de la ciudad para comprarles sus productos a precios bajos para luego revenderlos en la ciudad.
Los
cosecheros iban directamente a la plaza y allí se instalaban formando “cuadros”, es decir, dejando abiertos callejones para que por ellos circularan los compradores. En las primeras reglamentaciones que se establecieron se contempló el problema que para la ciudad representaban las bestias sueltas en calles y plazas y se trató de fijar espacios destinados a guardarlas allí.
Fuera de la plaza de mercado existían tres tipos de expendios al por menor que servían de red básica de distribución en la ciudad: las pulperías, que vendían víveres; las tiendas de mercaderías, que expendían géneros diversos, y, finalmente, las chicherías, que distribuían el funesto licor y que eran los lugares a donde las gentes acudían para divertirse.
Las pulperías, como expendedoras de víveres, fueron un complemento de las plazas de mercado en cuanto sirvieron como pequeñas bodegas para los cosecheros. La situación estratégica en que se encontraban los pulperos les permitió en cierta forma manejar el mercado de víveres y ejercieron una función muy importante en el abastecimiento diario de las vituallas domiciliarias. Casi toda compra al por menor se hacía al fiado. Las autoridades reglamentaban en algunos casos la venta al fiado pues su frecuencia daba lugar a una gran cantidad de demandas por suma de pesos. Estas formas rudimentarias de crédito se manejaban en cuadernos, de los cuales subsisten algunos ejemplos curiosos que demuestran que estos pequeños créditos se otorgaban esencialmente con base en el buen nombre y honorabilidad de los clientes. Veamos uno de 1626:
“Misia doña Ignacia de Paya debe 11 reales por cuenta de 4 varas de bayeta amarilla que llevó a su ahijada. Más el dicho día dos varas y media de toca amarilla que llevó el propio. Una media onza de seda que llevó Jacinta, una morena (..). El señor doctor Obando debe en 22 de Septiembre 2 varas y 112 de tafetán negro a peso y medio. Más el dicho día dos varas y 114 de tafetán azul más diez varas de ... más un par de medias de lana… En otros productos del abasto de primera necesidad la distribución se convirtió en una actividad monopolizada. Tal era el caso de la carne y las velas, que se manejaban por el sistema conocido como “estanco”. La carne se vendía en una de las tres carnicerías, donde era despedazada. La venta al por menor se hacía directamente en el matadero y era un privilegio del obligado de la carnicería.
Otro
producto casi tan importante eran las velas, cuya distribución resultaba similar pero pasaba por otro proceso antes de ir al consumo final. El sebo obtenido en la carnicería era vendido en bruto a fábricas o corporaciones que se encargaban de elaborar las velas con esta materia prima. En las cuentas al por mayor figuran conventos y monasterios, los cuales tenían organizado un proceso propio de fabricación de velas. Este sebo en bruto se vendía en palancas o en arrobas. En las cuentas de carnicería de 1712 figuran 33 fábricas de velas. El producto terminado era otra vez entregado al abastecedor quien tenía el privilegio de venderlo en un estanco de velas, el cual ocupaba un lugar principal en la Plaza Mayor. Se sabe de tal establecimiento porque existe un documento de 1744 que autoriza la provisión de velas como parte de sus privilegios a los funcionarios de la Real Audiencia.
En otro pleito (1746) se disputa el arrendamiento del local entre Francisco Quevedo, abastecedor, quien administraba la tienda, y Francisco de Tordesillas, dueño del local. Las velas terminadas se vendían o se contabilizaban en unidades llamadas palancas. Pensamos que puede indicar una vara larga con velas colgando de su propio pabilo, como todavía sigue en uso en ciertas regiones.
Durante el siglo XVIII, especialmente en su segunda mitad, el mecanismo de distribución de productos dentro de la ciudad se fue volviendo más complejo y difícil de manejar. Como en otros aspectos, el crecimiento urbano en la Colonia tardía tomaría desprevenidos a los administradores de la ciudad. Las autoridades se quejaban permanentemente de especulación. Es posible que las grandes variaciones del mercado, en el cual la escasez extrema por problemas climáticos y abundancia añadido al rígido control de precios, hayan creado el ambiente para un intento de manipulación de los precios.
De la lectura de documentos al respecto, pueden reconstruirse los hilos principales del mercado interno de la ciudad para el último tercio del siglo XVIII. Existían cuatro líneas de abastecimiento para el consumidor corriente en Santafé:

1) Al por menor. Plaza Mayor y de San Francisco. Día principal de mercado: los viernes y los jueves. La relación entre productor y consumidor era directa.
2) Los pulperos y tenderos quienes, según su capacidad, compraban directamente a los productores, obraban como intermediarios organizados y vendían al por menor. Su volumen de compra no era alto y abastecían a los parroquianos en días en que no había mercado.
3) Un conjunto de revendedores en pequeña escala, que ocupaban puestos en la plaza y que tenían su propia clientela.
4) Los grandes revendedores y principales agentes del mercado al por mayor. Eran los “revendedores pudientes” y los “monopolistas de superior clase”. tal como se les menciona en los documentos. Se los señalaba como los “más dañosos y perjudiciales al público” y los que causaban mayores quebrantos al común y particulares. Se concentraban en los géneros que hoy se llamarían no perecederos, es decir, susceptibles de almacenar por cierto tiempo sin dañarse. Según mención explícita, se trataba del cacao, los azúcares, el arroz y las harinas.
Según el documento, los grandes revendedores habían desarrollado una red particular: “se depositaban en 10 ó 12 individuos” que acechaban la llegada de los productores y tenían capacidad económica para comprar en cantidad a menores precios.
En 1787 el síndico procurador denunciaba en un memorial la alarmante proliferación de revendedores y la consecuente carestía de los artículos esenciales y exponía consideraciones y propuestas para mejorar el poder de negociación frente a los intermediarios.
Para esta época es evidente la proliferación de revendedores y sus mecanismos que, frente a los ojos de la administración, constituían la causa principal del alza de precios. Las diferentes menciones permiten suponer que los revendedores salían a encontrar a los productores para comprar por adelantado y de esta manera manipular los precios e influir sobre el volumen de abastecimiento ofrecido en la plaza de mercado. De esta manera podían dirigir los víveres comprados a otros lugares y crear escasez temporal en la ciudad. Los responsables de tal acción eran llamados “atravesadores”.
Previniendo este hecho que debió ser corriente, las autoridades prohibían que los productores entraran de noche a la ciudad y que se comprara en las afueras de la misma. Para tal efecto se prohibieron el comercio en tres leguas en contorno de Santafé, la compra en los caminos y que los productos fueran llevados a otros pueblos dentro de la distancia indicada.
“Estos (los revendedores) son por lo regular gente vaga que por no tener oficio se mantienen de este modo, y como son tantos ya no esperan a comprar por mayor en esta capital sino que salen a los caminos reales y aun a los pueblos inmediatos”.
Frente a la situación se propusieron estas soluciones:

1) Que no puedan comprar los revendedores a los legítimos dueños antes de las tres de la tarde del viernes en que ya se considera abastecido al público... ”. Antes de esta fecha, la hora límite eran las doce del día. La medida tenía por finalidad permitir que en primer lugar se abastecieran directamente los consumidores y no se sacara la porción de víveres comprada por los revendedores. Las amas de casa lo sabían y mantuvieron durante toda la Colonia la sabia costumbre de madrugar a comprar en día de mercado.
2) Que no puedan vender los jueves y viernes (días de mercado).
3) Que se les prohíba expresamente salir a los caminos reales a interceptar los víveres..
4) Que ningún alguacil pueda ser revendedor...
5) Que se les señale el precio en que pueden vender los días permitidos.
6) Que se les obligue a tener la plaza limpia.
7) Que los dueños que traen azúcar no la vendan por mayor a los pulperos hasta pasados tres días”.

El Cabildo no vaciló en aceptar la totalidad de estas recomendaciones y designó de inmediato a un regidor para que, con la colaboración de los alcaldes de barrio, las hiciera cumplir y ejecutar.
Mostrando una gran lógica, el Cabildo comprendió que, dado el tamaño de Santafé, si se quería regular el mercadeo de artículos de primera necesidad no bastaban únicamente las medidas de naturaleza policial. Por consiguiente, empezó a considerar la necesidad de alquilar un espacio para establecer allí un depósito, administrado por las autoridades municipales y que expendiera los víveres al público. Era lo que hoy llamaríamos una central de abastos orientada esencialmente a la regulación del mercado agrícola. Esta idea, desde luego, no era nueva. Tenía antiguos y numerosos antecedentes no sólo en otras ciudades coloniales sino inclusive en la España contemporánea e incluso medieval.
En España se crearon mecanismos tales como la “Casa de la Harina”, un lugar de depósito de granos que mantenía el abasto y regulaba los precios. Desde 1489 existía en Madrid una institución de esta naturaleza creada para proteger los precios del pan e intermediar con justicia la compra de la harina.
Desde
la baja Edad Media existieron en España “alhóndigas” (vocablo de origen árabe), almacenes y depósitos de trigo y otros granos que, además de ejercer una función reguladora sobre los precios, controlaban pesas y medidas. Las alhóndigas o “pósitos” se trasplantaron desde comienzos del período colonial al virreinato de Nueva España (México), donde funcionaron en varias ciudades cumpliendo la misma misión y haciendo además reservas de trigo y maíz para períodos de escasez.
Lamentablemente esta útil y valiosa iniciativa finalmente, no se puso en práctica en Santafé.

viernes, 12 de octubre de 2007

La pequeña y mediana propiedad


Diversas circunstancias operaron para que desde comienzos del siglo XVII empezara a ser notoria la presencia de la mediana propiedad no indígena. Entre otras, pueden señalarse las siguientes:

- Inmigración de blancos pobres
- División parcial y por retazos de haciendas
- Mercedes de tierra de mediana extensión
- Reemplazo de la producción agrícola de los indios.

Los hacendados utilizaron pequeños globos de terreno como fuente de financiación y pago de servicios. (Ya se mencionó la costumbre de dar pedazos de tierra a manera de dote). Otros los utilizaron como pago o regalaron parcelas a subordinados o empleados fieles.
A comienzos del siglo XVII (1606), con motivo de una escasez de carne, se mandó hacer una relación de pequeñas estancias con fines de requisición. El resultado fue una especie de censo de pequeñas propiedades en la Sabana. En total se contabilizaron 86 labradores.

LUGAR

NUMERO

Suba
Sopó
Guasca
Guatavita
Chocontá
Simijaca, Fúquene
Nemocón
Cajicá, Tabio, Cota y Chía
Tunjuelo, Bosa y Fontibón

2
6
16
2
2
10
6
10
38

Los niveles inferiores de la tenencia de tierras, tal como son percibidos y clasificados en la época colonial podrían definirse así:

Estancieros: propietarios medios
Labradores y cosecheros: pequeños propietarios.

Este segmento de propietarios empezó a aumentar durante el siglo XVII y a diversificar la tenencia de tierras. Serán los saturadores del espacio físico en la Sabana y los encargados de la expansión de la frontera, durante la época de auge en las transacciones, y posteriormente en el período de estancamiento (1660 1770).
Los blancos pobres y los labradores mestizos empezarían agrupándose alrededor de los pueblos de indios y los resguardos. Las visitas sucesivas mostrarán este fenómeno; también los juicios por conflictos alrededor de la tierra.
El
paulatino desmoronamiento de la organización indígena llevaría a una mayor cantidad de indígenas a destribalizarse, huir a las obligaciones del tributo y empezar a mestizarse. Este mestizaje progresivo, que comenzó a incrementarse a partir de la segunda mitad del siglo XVII, llevó consigo la adopción de un status campesino, es decir, de la pequeña producción agrícola individual.
Otro contingente, integrado por indios desposeídos de tierras y de sus vínculos de parentesco, establecería relaciones de arriendo con las haciendas.
Desde las primeras décadas del siglo XVII, pueden verse casos en los cuales los hacendados otorgan tierras a los indios dentro de sus dominios, con el permiso de sembrar maíz, como una forma de retención laboral. Este ofrecimiento como estrategia de la hacienda contiene el germen de la relación de arriendo.
Para fines del siglo XVIII la proporción indios-mestizos, según las visitas, ya se había invertido. La Sabana empezó a tener una cierta saturación demográfica que posiblemente estaba sustentada en parcelas no muy grandes.
Un documento de 1780 hace notar el exceso de población y sugiere una colonización de las laderas y provincias vecinas.

Esta mayor presencia de la pequeña producción no significó, sin embargo, un cambio sustancial en la tenencia de la tierra o en la estructura de la población. Es
evidente que la relación entre tierra y población era en extremo inequitativa. Entre el 80% y el 90% de la población de la Sabana tenía acceso solamente a una proporción de tierra que podría calcularse entre el 10% y el 20% del total.
Por otra parte, entre el 60% y el 70% de la tierra pertenencia al 2% de los propietarios.
Como bien se puede observar, no es mucho lo que ha cambiado a la fecha la tenencia y distribución de la tierra.

martes, 2 de octubre de 2007

Haciendas y producción


En la primera época de las haciendas sabaneras se notó un incremento muy rápido del trigo y de la ganadería mayor y menor.
Durante la primera época una parte del abastecimiento de víveres y productos alimenticios debió recaer en la mano de obra indígena, tanto por su trabajo en las haciendas y en la producción independiente como en sus propias parcelas.
Durante el siglo XVI la responsabilidad del abasto de Santafé estaba en manos de los encomenderos hacendados. La producción agrícola de los indígenas se entregaba en especie agrícola como tributo, el cual era plenamente manejado por los encomenderos hacendados.
La pequeña y mediana producción mestiza o blanca, que reemplazara la producción agrícola indígena, empezó a ser significativa durante el segundo tercio del siglo XVII.
Los indígenas, además del recargo en trabajo, disminuyeron su vocación agrícola por física falta de tiempo para dedicar a sus parcelas. El sistema de aprovisionamiento, basado en una red vertical de comercio, cayó en manos de los españoles, quedando cada comunidad aislada y sin excedentes propios para intercambiar.
La última parte del siglo XVI y comienzos del XVII fue una etapa de florecimiento de la producción de las haciendas, de mayor presencia regional. La Sabana en general tuvo mercados en otras provincias y disfrutó de un pequeño auge minero representado por las vetas de Mariquita.
Las haciendas, ante la provisión de mano de obra prácticamente gratuita, tuvieron una expansión vertiginosa.
El trigo de la Sabana fue exportado en forma de grano, harina e incluso aglutinado (llamado bizcocho) hacia Tunja, los puertos del Magdalena (Honda y Mompox) y embarcado hacia el Caribe (Cartagena).
La actividad principal y de mayor permanecía de la hacienda sabanera descansó en el ganado lanar. Se llegó a constituir un hato significativo de ovejas utilizándolo en obrajes de lana.
El caso más conspicuo, que no debe ser representativo, es el de Beltrán de Caicedo, encomendero de Suesca, que tuvo dos haciendas (también en la misma jurisdicción) con cerca de 20.000 ovejas (primer tercio siglo XVII).
En las haciendas de Suesca (“La Ovejera” y “Suesca”) criaba y levantaba las ovejas. Una vez realizada la lana, la enviaba a otra hacienda, también de su propiedad, situada en Pacho, donde funcionaba un obraje respaldado por trabajo esclavo (80 adultos).

Algunas haciendas durante este período alcanzaron un apreciable nivel de complejidad y manejaron un cierto volumen de recursos. Lograron integrar diferentes tipos de trabajo (concierto, encomienda y esclavismo) y realizaron un intento de integración vertical, es decir, llevaron a cabo diferentes fases de producción en distintas unidades (caso de Beltrán de Caicedo).