miércoles, 28 de noviembre de 2007

La esperanza, al congelador

LA COLUMNA DE OPINET
Ya habíamos advertido que nada bueno podía salir de una mediación, entre el Gobierno colombiano y las Farc, a cargo de personajes tan desprovistos de neutralidad como el presidente Chávez y la senadora Córdoba, antípodas y enemigos del presidente Uribe, pero era inimaginable un desenlace tan absurdo, que implicara el 'congelamiento' de las relaciones entre países y el resquebrajamiento de la 'química' que había entre los mandatarios, mancillada por las injurias de un Chávez iracundo por un asunto que ni siquiera es de su competencia, que atañe solo a la soberanía de Colombia.
Chávez no tenía derecho a embejucarse. Era potestad del Gobierno colombiano terminar la mediación cuando lo considerara pertinente, máxime cuando había razones de sobra. En tres meses no se avanzó un centímetro en el tema humanitario por mucho que asegure ahora la senadora Córdoba que algunos de los secuestrados iban a comer pavo con sus familias en Navidad y que, en enero, las Farc se iban a sentar a firmar la paz. Por otro lado, todo estuvo girando en torno de la idea de un despeje, esta vez en el Yarí, para Chávez conversar con un 'Marulanda' que muchos presumen muerto y que, aunque viviera, esa reunión solo tendría por objeto deshacer la tenaza con que las Fuerzas Armadas de Colombia están triturando a los subversivos de las Farc. Finalmente, las cosas estaban tomando un tinte insospechado con esa llamada al general Montoya, que por mucho que doña Piedad jure que era casual, inocente y rutinaria, no lo era.
El chasco fue de tal magnitud que en los tres meses no se consiguieron pruebas de supervivencia sin las cuales hasta el mismo Fabrice Delloye -ex esposo de Íngrid- opinaba que no podía proseguir la mediación. A pesar de que a los campamentos de la guerrilla llega cualquiera -desde periodistas hasta la misma senadora Córdoba o la madre de la guerrillera holandesa-, es inverosímil que no haya sido posible sacar las pruebas por supuestos bombardeos y presión militar. Más con lo fácil que es subir videos, fotografías y documentos escaneados a Internet o enviarlos por correo electrónico. Y deja muy mal sabor el intento último de la senadora por tratar de hacer ver el video trasnochado del capitán Solórzano como una muestra de buena voluntad de los guerrilleros.
Dada la afinidad política entre Chávez y los facinerosos y la admiración mutua que ambos se han expresado en incontables ocasiones, se presumía que era imposible el escenario de una negociación empantanada porque a casi nadie le cabía en la cabeza que las Farc dejaran a Chávez como novia vestida. Sin embargo, a estas horas no se sabe a ciencia cierta si el Presidente de Venezuela fue víctima de las Farc o si, simplemente, estaba en la tarea de oxigenarlas. De todas maneras, persiste la sensación de que los subversivos desecharon la oportunidad de interlocución con cinco gobiernos del más alto turmequé, como si no tuvieran el más mínimo interés de revivir políticamente.
En el fondo, lo más triste de todo es que ahora sí los secuestrados parecen una simple mercancía y no hay certeza alguna de su estado. La necesidad de aferrarnos a una esperanza nos ha llevado a los colombianos a inducir al Gobierno a caer en la trampa de hacer lo que sea para devolverles la libertad a los secuestrados políticos de las Farc, cosa que solo depende de la voluntad de los guerrilleros o de un golpe de gracia de las fuerzas del Estado.
Si a las Farc les interesara la libertad de estas personas, bastarían una delegación de la Cruz Roja y un par de días de 'tregua' para devolverles sus vidas, pero en los estertores de una agonía ya inevitable de esa guerrilla, la carta de los secuestrados parece ser su única alternativa y, como tal, se la van a jugar. Quiera Dios que los colombianos no caigamos en la trampa de hacer acuartelar las tropas para revivir la esperanza y menos que estas terminen ocupadas en asuntos fronterizos por obra de un vecino bocón.

martes, 20 de noviembre de 2007

¿Por qué no se callan?

LA COLUMNA DE OPINET
La oposición colombiana debería aprender la lección que dio el presidente del Gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, al salir en defensa de su archienemigo, el ex presidente José María Aznar, ante la arremetida vocinglera del presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, y de su jefe y mentor, el presidente venezolano, Hugo Chávez.
Fue una lección de altos estudios en ciencias políticas. Quien acepta las reglas de la democracia está obligado a reconocer la decisión soberana del pueblo, a respetarla y a defenderla aun cuando disienta de manera profunda de las ideas que representa aquel otro que haya sido designado en el poder.
Aznar fue elegido legítima y constitucionalmente por el pueblo español y nadie que se llame demócrata puede permitir que cualquier Perico de los Palotes venga a poner en duda las instituciones de un país sin exigir, por lo menos, un mínimo de sindéresis. Porque Chávez, con sus señalamientos a Aznar, puso en duda a toda la democracia española: un presidente no confabula solo y sus decisiones tienen que estar atadas al ordenamiento legal. Por tanto, ni Zapatero ni el Rey podrían haber hecho menos que reaccionar con ese aplomo ante la desatinada intervención de un charlatán paranoico como Chávez.
Sin embargo, en nuestro medio muchos se sorprendieron por la supuesta hidalguía que enseñó Rodríguez Zapatero al salir en defensa de su antagonista pues no entendieron que él no defendió a Aznar sino a España, a su democracia, a su institución presidencial y, en esencia, a su pueblo.
Eso es lo que no han entendido aquí los opositores, vaya uno a saber si por ignorancia o, simplemente, porque lo suyo no es la democracia. Los que suelen viajar por Latinoamérica, Europa y ahora por los Estados Unidos —cuya bandera solían quemar a menudo—, con el fin de despotricar del gobierno colombiano, acusándolo de auxiliador del paramilitarismo, de violador de los derechos humanos, de ser un régimen mafioso, etc., y de desprestigiar y ofender al Presidente de la República, cometen el mismo deshonroso disparate de Chávez y le faltan el respeto a la nación colombiana, a nuestra democracia y a todos los colombianos (incluidos ellos mismos). Y, en el fondo, manifiestan un desprecio tal por las instituciones que podrían ser considerados como verdaderos infiltrados de la anacrónica subversión.
Personajes como Gustavo Petro, Carlos Gaviria, Wilson Borja, Piedad Córdoba, Jorge Enrique Robledo y otros, son una vergüenza para Colombia y si en realidad se creen demócratas deberían tomar nota del proceder de Zapatero y actuar en consecuencia. Claro que eso no es más que un deseo inalcanzable porque lo que han venido haciendo en estos últimos años es precisamente todo lo contrario, de manera hipócrita.
La oposición quiere desconocer el mandato legítimo que el pueblo colombiano le dio a Alvaro Uribe Vélez y ha venido desarrollando sistemáticamente una campaña de desprestigio para debilitar el poder del Presidente, aun lesionando los intereses de los colombianos. De cierta forma es comprensible el pulso ideológico de la izquierda —y sus pares internacionales— contra un gobierno que combate —con el apoyo de los colombianos— a esos ‘románticos’ que “matan para que la gente viva mejor” (como arguye Carlos Gaviria), pero la campaña que han hecho en Estados Unidos para evitar la firma del TLC es de lo más ruin y se volverá en contra de toda la izquierda porque ésta sólo tendrá oportunidad de llegar al poder en un escenario libre de subversión y con una economía dinámica, insertada en el mercado global.
A esos chafarotes (como Chávez) que vociferan aquí y allá, y celebran los triunfos insultando al Presidente, hay que preguntarles, emulando a don Juan Carlos: ¡¿Por qué no se callan?!

El suministro de carne


Ya vimos con cuántas dificultades tropezó el suministro de carne vacuna a esta capital durante el período colonial. Era, como también lo sabemos, una actividad controlada por el sistema de arriendo de la obligación de abasto a una persona.
Al encargado de esta función se le llamó sucesivamente “obligado de carnicerías” y luego simplemente “abastecedor”. Su misión esencial era proveer a la capital de carne ovina y vacuna, y de sebo para la fabricación de velas. Su período era de 10 meses, durante los cuales debía comprar a los diversos proveedores suficiente ganado para satisfacer las necesidades de la ciudad.
Era
una actividad muy compleja y que además exigía un gran capital para poder desarrollarla. El “obligado” tenía que conseguir el ganado, cebarlo (por lo general en “El Novillero”, que se llamaba por antonomasia la dehesa de Bogotá), administrar y vigilar la operación de las carnicerías y supervisar la venta de la carne y el sebo.
Uno de los costos más elevados que debía afrontar era el del arriendo de “El Novillero”. Si se tiene presente que el consumo de Santafé era de unas 4.000 reses al año, el arriendo oscilaba entre los 5.000 y los 8.000 patacones anuales. El abastecedor traía el ganado, lo engordaba en “El Novillero” y, una vez cumplida esta fase, lo conducía a Santafé para el degüello.
Hacia fines del siglo XVIII se sacrificaban entre 65 y 100 semovientes por semana.
Al agrupar las cifras detalladas de 25 semanas para 1751, podemos tener una idea de los componentes del negocio del sacrificio del ganado. Por cada novillo el abastecedor obtenía un total de 9.8 pesos como producido bruto de su venta. (Esta cifra, desde luego, no incluye costos). En 25 semanas, es decir, durante medio año, la carnicería arrojaba un movimiento de 24.189 pesos, lo cual es una cifra bastante apreciable. Fácilmente podría ser uno de los negocios con mayor movimiento en la órbita económica de Santafé.
Además de la carne, el sacrificio de ganado producía algunos subproductos no menos importantes. El principal de ellos era el sebo, altamente valorado por ser la materia prima del alumbrado doméstico en Santafé. Otros subproductos de menor importancia, según el “corte” acostumbrado en la Colonia, eran la lengua, el “menudo” o “mondongos”, el cuero y, en menor medida, las vejigas.
El cuero era un insumo muy importante en la fabricación de diferentes utensilios domésticos: botijas (para almacenar líquidos), muebles, arcones y cajas, asientos, sillas de montar etc. Por cada novillo se obtenía en carne, limpia de sebo, un 6.7% del producto monetario que obtenía el abastecedor por la venta del ganado. Después seguía en importancia el sebo, que constituía un 31.8% del total. El cuero tan sólo representaba un 3.8% del valor total. El cargo necesitaba una gran solidez económica y casi que suponía un gran lucimiento social. Los miembros más respetables de la sociedad criolla santafereña lo tomaron durante el siglo XVII.
Por ejemplo, Alonso de Caicedo, dueño de “El Novillero” y encomendero de Bogotá
, fue abastecedor en 1694; José Ricaurte, tesorero de la Real Casa de Moneda y Alcalde Ordinario de Santafé, lo fue durante las décadas del 20 y el 30 del siglo XVIII.
Los datos sobre sacrificio de ganado en Santafé no muestran una tendencia explícita. La información obtenida, puede acusar defectos; sin embargo, muestran una oferta de carne estancada, pues ni siquiera crece acorde con la población. Muestra, además de las evidencias encontradas en los documentos, un sub abastecimiento en materia de carne para la Santafé del siglo XVIII.
Con dificultades para obtener carne, el cargo de abastecedor se fue haciendo menos codiciado hasta que llegó el momento en que empezó a sufrir largas vacancias porque nadie quería rematarlo.
El inflexible control de precios y los crecientes riesgos contribuyeron en primer término a que se produjera esta situación. Como consecuencia de ella, el Cabildo se vio precisado a ofrecer estímulos adicionales, como un atractivo apoyo financiero con dineros de
la “Caja de Bienes de Difuntos”. Inclusive en 1721 el Cabildo solicitó a la Compañía de Jesús que se hiciera cargo del abastecimiento, pero los sagaces jesuitas declinaron el “honor” que se les brindaba arguyendo que su condición de siervos de Dios era incompatible con el ejercicio de un menester lucrativo. Durante casi todo el siglo XVII fue la zona del Alto Magdalena el gran abastecedor de carne de Santafé. Neiva, Timaná y La Plata eran regiones de buenos pastos y favorables condiciones ecológicas donde se daba ganado vacuno en abundancia. Estos semovientes no recibían casi ningún cuidado por lo que los costos de producción eran especialmente bajos. El principal problema radicaba en las dificultades de movilización. El viaje de las manadas de Neiva a Santafé tomaba un promedio de veinte días.
Las relaciones entre las dos regiones fueron complementarias hasta finales del siglo XVII, época en la cual otras zonas (diferentes a Santafé) demandaron con igual urgencia la producción de Neiva. La región de Quito, que hasta entonces había estado satisfactoriamente abastecida por el ganado procedente del Cauca, aumentó su demanda, debido a lo cual los Quiteños empezaron a ofrecer mejores precios por el ganado del Alto Magdalena.
Lógicamente, los ganaderos de Neiva y zonas aledañas preferían enviar sus reses a Quito, lo que generó de inmediato una situación conflictiva, pues el ganado de mejor calidad tomó el rumbo del Sur mientras el menos apetecible fue enviado a Santafé. Empezaron entonces el forcejeo y las presiones políticas de la capital para obligar a Neiva a remitirle la totalidad de su producción. Finalmente se llegó a un acuerdo consistente en que Neiva y las regiones adyacentes se comprometían a enviar anualmente una cuota mínima de 4.500 novillos a Santafé.

Los ganaderos de Neiva y Timaná suscribieron el convenio pero no bajaron la guardia y de inmediato procedieron a llevar la querella ante el Rey. Esta pugna fue prolongada y tenaz. La balanza se inclinó alternativamente hacia uno y otro lado, hubo infinidad de pleitos; la Corona favoreció en principio a Neiva, pero al fin la contraofensiva jurídica de los santafereños logró que en 1712 la Corona volviera a otorgar la prioridad en el abasto a Santafé.
Por último se impuso el sistema de transar con base en cuotas, lo cual reemplazó con ventaja los viejos litigios. En 1733 Neiva se comprometió a entregar 1.500 novillos semestrales a la dehesa de Bogotá quedando en libertad para negociar sin cortapisas sus excedentes con las otras regiones que los demandaran.
En cierta forma puede decirse que Neiva obtuvo ventajas importantes en la negociación. Consiguió disminuir su cuota de los 4.500 novillos anuales que se pactaron en principio a sólo 3.000, con lo cual incrementó su capacidad para surtir otros mercados. Además obtuvo un aumento del 17% en el ganado puesto en la dehesa. Empero, Santafé siguió pagando precios inferiores a los que ofrecía Quito.
En otras palabras, aunque hizo concesiones, terminó imponiendo sus prerrogativas de capital. Durante la segunda mitad del siglo XVIII irrumpió vigorosamente la Compañía de Jesús como proveedor de carne de Santafé. Su organización suprarregional y sus numerosas propiedades rurales le permitieron tender un auténtico puente entre Neiva y Santafé para llevar a cabo todo el proceso, sin perder dinero. El levante del ganado se realizaba en Neiva; la fase final (ceba) tenía lugar ya en la Sabana. Pero las intermedias se iban cumpliendo a lo largo de la cadena de haciendas que los jesuitas poseían entre los dos extremos de la vía. La hacienda “Villavieja” (actual Departamento del Huila) y la hacienda “Doima”, en la jurisdicción de Ibagué, eran las sedes de levante de ganado flaco. De allí pasaban las reses a la hacienda “El Espinal”, en cuyos potreros descansaban y se recuperaban los animales evitando así grandes pérdidas de peso. El eslabón final de la cadena era la hacienda “La Chamicera”, al Occidente de la Sabana, donde el ganado descansaba y engordaba.
Este sistema normalizó y regularizó el mercado de carnes. Pero en 1780, ya expulsados los jesuitas, Santafé experimentó una aguda escasez de carne. La situación se hizo hasta tal grado crítica que las autoridades virreinales tuvieron finalmente que ceder en su vieja y obstinada política de monopolios, estancos y controles para dar paso a una progresiva liberalización en el comercio y el abasto de carne y derivados.
Hacia finales del período colonial, el sistema había hecho crisis. Con los vecinos presionando una libertad absoluta para la venta de carne y la excepción de pago de alcabalas y propios y ante la inminencia de los continuos períodos de escasez, las autoridades no tendrían muchas alternativas. Poco a poco fue languideciendo el sistema de abasto forzoso y del monopolio de carne.