sábado, 15 de noviembre de 2008

Boticarios y Boticas

La botica, parte esencial del sistema médico español, fue transplantada con todos sus rasgos característicos a las Indias. En estos establecimientos existía la tendencia a expender de manera casi exclusiva las llamadas “medicinas de Castilla”. Sus precios eran excesivamente altos por lo cual el Hospital de San Juan de Dios estableció una especie de subsidio para dotar de medicinas a los pobres.

También estos altos precios contribuyeron a que se extendiera dentro de la población el uso de yerbas y mixturas medicinales de origen indígena.

El oficio del boticario fue reglamentado por la Real Audiencia y se estableció como norma que ninguna receta podría ser despachada sin la autorización de un médico. Sin embargo, en la práctica los boticarios hacían prescripciones como ésta:

“Un boticario mandó para cólico histérico agua de hinojo, clavos piperinos y cataplasmas de ruda y cebollas fritas aplicadas en el vientre”.

Las boticas estaban por lo general respaldadas por algún convento o por el hospital. Sin embargo, en el siglo XVIII empezaron a funcionar las boticas privadas hasta el punto de que en la segunda mitad del siglo hubo protestas por lo que se consideró como una “excesiva” proliferación de estos establecimientos en relación con una ciudad cuya población apenas llegaba a los 16.000 habitantes.

Podemos suponer que quienes se ejercitaban como médicos en sus casas, componían medicinas para sus pacientes o para el público en general, ya que no existía un severo control. Alfaro, médico curandero, preparaba hacia 1790 sus propias medicinas.

En 1784 fue incrementado el control sobre las boticas privadas, y empezando el siglo XIX, los reglamentos llegaron hasta exigir a los boticarios “asistir a su botica todo el día y noche durmiendo en la pieza inmediata para acudir al despacho de las recetas y poniendo una campana que debe ser atada a la reja misma de la botica para que se sirva de ella el público”.

Pese a estar prohibido el aguardiente en todo el territorio de las Indias, los médicos y el prior del Hospital de San Juan de Dios solicitaron licencia para vender aguardiente en la botica de la institución con fines estrictamente medicinales. Las gentes creían en el aguardiente, no sólo por las propiedades desinfectantes de este licor por su contenido alcohólico, sino también porque le atribuían numerosas propiedades terapéuticas.

El prior, los médicos José de La Cruz y Juan F. Castro y el cirujano Diego de Aguilar coincidían en atribuir al aguardiente notables virtudes contra la erisipela, la esquinancia, las perlesías, los dolores reumáticos, el cáncer y las llagas fistulosas, las gangrenas, los apostemas, los edemas y los estioremas. Además creían en el aguardiente como terapia infalible contra los catarros contumaces y la hidropesía.

A pesar de las seguridades que dieron los frailes de que el aguardiente sería aplicado con fines exclusivamente medicinales, la Real Audiencia se empeñó en mantener vigente la prohibición.

Contrario a lo afirmado por historiadores como Ibáñez y Soriano Lleras, la primera botica que encontramos no data de 1631 como ellos afirman. En una lista de compras diarias del administrador de una Casa aparece la “Botica de Gutiérrez” en 1614. Es posible que esta botica sea la misma que encontramos 12 años después. La botica de Pedro Gutiérrez aparece como objeto de una prohibición para que reciba recetas que no sean rubricadas por médicos graduados.

También se cuenta con datos acerca de la existencia de una botica en la Plaza Mayor (1631), atendida por su propietario, Pedro López, de la que abrieron los jesuitas por esa época y la que necesariamente debía poseer el hospital.

En 1651 aparece identificado el boticario Antonio de Urribarri como un testigo en el juicio sobre el Protobarberato. En 1763 el Protomedicato Cortés le expide licencia a Juan José Mangue para ejercer como boticario; abrió botica en la parte baja del Colegio del Rosario. En 1763 también funciona la citada botica del Borraes, problamente en la Plaza, al cual lo reemplazó el boticario Salgado a partir de 1771.

En 1767 se trasladó la botica de la Compañía de Jesús al hospital San Juan de Dios. Para esa época era la “mejor surtida y atendida de la capital” con la obligación de atender a los pobres tanto del hospital como del asilo del Hospicio. Para entonces existían dos boticarios atendiéndola, uno mayor o primero, Fray Salvador Delgado, y un boticario segundo Fray Narciso Rico.

Las boticas aumentan a principios del XIX. Con la demanda creciente, debió ser objeto de la atención del espíritu empresarial santafereño.

En 1807 Jaime Sierra tenía botica en la Plaza y al lado una chichería, también de su propiedad. Los dos disímiles establecimientos se comunicaban por una ventanilla abierta en la pared medianera.
El Cabildo amenazó con retirarle la licencia, lo cual nunca cumplio.

miércoles, 1 de octubre de 2008

Niños y jóvenes en peligro

LA COLUMNA DE OPINET
La formación de las nuevas generaciones de colombianos no va por el mejor camino
Pensar en las nuevas generaciones debería ser el mayor afán del país, pero lamentablemente vemos a diario que las amenazas que estas afrontan son críticas para su formación, por lo que aflora una grave duda acerca de lo que va a surgir de ahí: el hombre y la mujer colombianos del segundo cuarto del siglo. Veamos tres casos:
El primero. La Corte Suprema de Justicia (¡otra vez la Corte!) acaba de transmutar un caso de abuso sexual cometido en menor de nueve años en una simple injuria. Un tendero sujetó a una niña por la fuerza, la llevó a la trastienda, le palpó los glúteos, la besó abusivamente (introduciéndole la lengua) e intentó violarla sin lograr consumar el acto porque ella pudo escapar. Sin duda, hay que ser muy cínico para negar la gravedad del episodio y la incuestionable connotación sexual del abuso que -¿cómo saberlo?- podría haber tenido por colofón el homicidio de la menor.Además, muy irresponsable la Corte al darle patente de corso a un depravado que repetirá estos hechos en el futuro. Ahora, como nadie escarmienta en cuerpo ajeno, me pregunto si la CSJ hubiera tomado la misma determinación en el caso de que la niña fuera hija de un magistrado... yo lo dudo mucho. Más graves aún son los argumentos que expone el alto tribunal -superando la competencia de los magistrados porque no es su área de conocimiento- en el sentido de que la formación sexual de la menor no se verá afectada por el hecho. Es decir, mañana van a aducir que si un bebé no recuerda el abuso, no hay delito. Esa jurisprudencia es un sabotaje al propósito de la sociedad civil de darles cadena perpetua a estos monstruos.
Segundo caso. Apenas en los años ochenta, la formación de los jóvenes en la casa y el colegio era más estricta, sin que ello significase maltrato físico o sicológico; aquello de que "la letra con sangre entra" era cosa del pasado. Sí, había maestros amargados, un poco tiranuelos y humillantes, pero en general se aplicaba una sana disciplina, sin abusos graves. ¿Qué vemos ahora? Los muchachos hacen lo que les da la gana: no estudian ni hacen tareas porque al tenor del Decreto 230 del 2002, hay que regalarles el año; maltratan e irrespetan a los profesores y compañeros; no asisten a clases y, si lo hacen, se dedican a hablar por celular, a jugar play o a escuchar iPod, etc.No es mera casualidad que el quiebre se haya dado con la Constitución del 91, de la que se desprende el 'derecho' de los menores de hacer lo que les dé la gana en aras del libre desarrollo de su personalidad; o sea, el dejar que los jóvenes se formen en estado de naturaleza o que se deformen a sí mismos. Y el resultado es el incremento de los delitos de menores y el ascenso de una generación anárquica que se considera inimputable, que repudia las figuras de autoridad y no tiene respeto por las normas. De valores, ni hablemos.
Tercer caso. Estos jóvenes, ya inútiles en aras del libre desarrollo de su personalidad, y muy maleables, llegan a una universidad pública dirigida por algún drogadicto -¡vaya méritos!-, a oír arengas de personajes con capuchas y turbantes que deberían estar en la cárcel, no sólo por hacer apología del delito sino por la clara evidencia de que comparten las ideas de los grupos terroristas, defienden su accionar y trabajan por ellos. Luego, blanco es y frito se come.
Diversos estudios (como el de la Corporación Rand: Urban Battle Fields of South Asia, 2004) señalan la gran importancia de las universidades en el reclutamiento de adeptos por parte de organizaciones ilegales. Se sabe que esos encapuchados son guerrilleros infiltrados en tareas de reclutamiento y que ejecutan actos terroristas en las ciudades. Las capuchas no son tanto para garantizar la libre expresión y proteger la vida de quienes las usan como para someter las ideas y la vida de los otros.Con estos tres males basta para acabar un país; son un virus letal para cualquier sociedad

martes, 26 de agosto de 2008

Genealogía del Estado

LA COLUMNA DE OPINET
El neologismo 'roscograma' es un término que retrata a la perfección una realidad perversa: que el organigrama del Estado colombiano más parece un árbol genealógico. Y a pesar de que suele recalcarse que los sueldos que paga el Estado son bajos en comparación con el sector privado, las parentelas de todo el notablato -del Presidente para abajo- se pelean y reparten todos los cargos de importancia para usufructuar el poder y las rentas públicas por los siglos de los siglos.
Está claro que hay un régimen de inhabilidades e incompatibilidades y que el tráfico de influencias se castiga, pero, hecha la ley, hecha la trampa. No hay nepotismo si yo nombro a su señora en un cargo y usted a mi prima, otro nombrará a su hijo y alguien más le dará un contrato a mi sobrino; todo, tejido finamente, como una sutil telaraña que uno no ve hasta que se la lleva puesta en la cabeza.
Y esa telaraña es una forma de corrupción tanto o más grave que el clientelismo, pues este comporta el sentido natural de la participación política, que es gobernar con los amigos. En cambio, introducir la parentela en cargos de privilegio es un aprovechamiento de lo público para obtener beneficios que, por extensión, resultan personales, y si esto estuviera reducido a sus justas proporciones -como diría un ex presidente cuya nieta, a propósito, dirige la inútil Comisión Nacional de Televisión-, esto no sería un cáncer que se está carcomiendo al Estado desde adentro.
Esta enfermedad tiene que estar muy avanzada como para que un magistrado de la Corte Suprema le pida al Presidente de la República, sin sonrojarse, mediar por un cupo para una especialización en medicina que el hijo del magistrado no obtuvo mediante examen de admisión. Es decir, gracias a las roscas, lo que natura no da, Salamanca sí otorga. Además, el grueso de la población reprueba el narcotráfico, la guerrilla, los 'paras' y, supuestamente, la corrupción, pero pocos condenan las roscas, quien las critica pasa por envidioso, y se han arraigado tan profundamente en el imaginario nacional que todo el mundo acepta aquello de que "lo malo es no estar en ellas".
Las roscas son el engranaje de eso que Álvaro Gómez Hurtado llamaba "el régimen", el sistema injusto que está estructurado para beneficio de unos pocos. Tal injusticia impide la movilidad social, viola el principio de igualdad y es el generador -por la falta de oportunidades- de la mayoría de los problemas del país.
Decir que se van a acabar suena utópico, pero pedir que se legalicen no solo es un error, sino un acto de complicidad con lo que es vicio aborrecible. Los cínicos se preguntan de qué vivirían estos roedores del Estado. Pues como son tan inteligentes y bien preparados, que funden empresas y brinden empleo; que luchen contra los trámites, el contrabando, la revaluación, la deficiente infraestructura... Pero, eso sí, sin contraticos oficiales, a ver cuánto duran. Las empresas familiares no pasan de la tercera generación, y como el Estado ha sido siempre un negocio de familia, he ahí una causa de su envilecimiento.
Así como a nadie le dan dos subsidios de vivienda, se debería reglamentar que solo una persona por familia pueda ocupar, en el Estado, cargos de nivel medio hacia arriba, así como limitar la adjudicación de contratos, concesiones, becas, emisoras, notarías, curadurías y similares. Igualmente, hay que ponerles cortapisas a los votos hereditarios -amarrados con bultos de cemento, tejas y ventiladores- porque tanta 'tipicidad' tampoco es normal ni deseable. Lo malo es que ello depende de los legisladores, que son la savia misma de ese árbol, y ellos -como diría Lampedusa- se las arreglan para cambiar el decorado pero hacer que todo siga igual. Acaso la tecnología nos depare el rigor de un computador insobornable (el Portal Único de Contratación se quedó corto), aunque es de temerse que a ese Gran Hermano lo manejen sus grandes parientes de siempre

martes, 8 de julio de 2008

Jaque y mate

LA COLUMNA DE OPINET
Hace apenas seis años, por los días en que fue secuestrada Íngrid Betancur, Colombia era un país inviable. Tres días antes de ese secuestro, el presidente Andrés Pastrana dio por terminado un fallido proceso de paz con las Farc y ordenó la recuperación de un área de 42 mil kilómetros cuadrados que le había cedido al grupo subversivo para facilitar la negociación. Fueron tres años de burlas porque las Farc jamás dieron muestras fehacientes de querer hacer la paz; por el contrario, como si se tratara de una pesadilla macondiana, incrementaron al máximo sus actos terroristas y dijeron a los cuatro vientos que ellos no buscaban acuerdos de paz sino la toma del poder para instaurar un régimen marxista.
El país estaba embriagado con la esperanza de la paz, tanto que los colombianos soportaron con estoicismo el secuestro de cada día, el bombazo de cada semana, el poblado hecho añicos cada mes, las víctimas de las minas antipersona, los policías y soldados emboscados por terroristas que los superaban en armamento y número, y los muertos de toda laya: ricos y pobres, jóvenes y viejos, cualquiera que a las guerrillas les pareciera contrario a sus intereses. En contraposición, el paramilitarismo hizo lo propio en buena parte del país como para que no quedara duda de que Colombia era tierra de nadie; en consecuencia, la incertidumbre se apoderó de todos, muchos se fueron sin boleto de regreso.
Pero justo cuando más oscura estaba la noche, mientras todos los colombianos le daban un compás de espera a las Farc para que concretaran acuerdos en la mesa de diálogo, Álvaro Uribe Vélez se atrevió a condenar sin vacilaciones la actitud de las guerrillas y a señalar que era perentorio enfrentarlas con mano firme, a pesar de que la moral de las armas del Estado estaba por el piso después de varias derrotas propinadas por los subversivos.
Con ese argumento, Uribe fue elegido Presidente por un pueblo herido en su dignidad, y los resultados no tardaron en verse: las tropas fueron extendidas por todo el territorio nacional, se llevó la Policía a los municipios de donde las Farc la habían echado a bala, se militarizaron las carreteras… En cuestión de meses bajaron drásticamente todos los indicadores de violencia: los secuestros, las extorsiones, los asesinatos, las tomas de pueblos, las emboscadas, etc. Y volvieron la confianza, los sueños de futuro, las ganas de trabajar por Colombia. Los ciudadanos, que estaban prácticamente sitiados en las grandes urbes, se tomaron las carreteras en los festivos, para volver al campo y a las playas, en caravanas interminables vigiladas por los héroes de la Patria.
La guerrilla se metió a lo profundo de las selvas –y de países vecinos– a la espera de que pasara el ‘chaparrón’ de Uribe, y entonces se hizo necesaria la reelección, que, en palabras de Íngrid Betancur, ha sido la peor desgracia para las Farc porque la guerrilla esperaba un movimiento pendular de otro gobierno que abortara las políticas del actual presidente. El pueblo colombiano votó masivamente por la continuidad a pesar de algunas críticas contra el Gobierno según las cuales la guerrilla estaba intacta y no se había capturado ni un cabecilla.
No obstante, el Gobierno obró con perseverancia, confiado en que era cuestión de tiempo. Ya las deserciones habían empezado a minar a la guerrilla y se les interrumpió el contacto con los campesinos, el suministro de alimentos y hasta las comunicaciones. El Ejército ocupó zonas que la guerrilla controlaba desde hacía 40 años.
Hacia finales de 2006, la guerrilla de las Farc se reventó. El 31 de diciembre, el hoy canciller Fernando Araújo se escapó –en medio de un bombardeo– del campamento en el que estuvo secuestrado por más de un lustro. Meses después se les escapó el policía John Frank Pinchao y luego empezaron a caer cabecillas: los alias ‘JJ’, el ‘Negro Acacio’, ‘Martin Caballero’, ‘Raúl Reyes’, ‘Martín Sombra’, ‘Iván Ríos’, ‘Manuel Marulanda’…

Pero el golpe que nadie esperaba ocurrió el miércoles pasado, cuando el Ejército les arrebató a las Farc sus joyas más preciadas en un acto de prestidigitador que demuestra nuevamente –como en el caso de Emmanuel– que las Farc son un enfermo terminal que acusa una muy avanzada pérdida de sus facultades. Ya había dicho Napoleón que "La victoria pertenece a quien más persevera”, y a fe que Uribe no ha dado su brazo a torcer hasta el punto de desmovilizar a los paramilitares y devastar a las guerrillas. Por eso no debe extrañar a nadie que en la apoteosis de su mandato –con seis años en el poder– cuente con un apoyo del 90 por ciento de los colombianos y se pueda sentir optimismo por el futuro de Colombia.

miércoles, 23 de abril de 2008

El Congreso, una crisis vieja

LA COLUMNA DE OPINET
Íngrid Betancourt en su libro La rabia en el corazón, cuenta que los hermanos Rodríguez Orejuela, en una reunión clandestina a mediados de los noventa, le confesaron que tenían más de 100 parlamentarios comprados. Al poco tiempo sobrevino el proceso 8000 que dejó en claro la íntima relación del narcotráfico con la política. Ahora, más de diez años después, el fantasma revive con la ‘parapolítica’ y son muchos los que se preguntan si el Congreso es o no es legítimo. Tal vez, la pregunta correcta sería: ¿Ha sido legítimo alguna vez?
Decía el economista Alejandro Gaviria, en El Espectador, que el Congreso es cada tanto el blanco favorito de los críticos porque ser duro con esa corporación hace quedar bien al acusador. Todas las frustraciones de los colombianos son dirigidas hacia la élite política, pues no se les perdona el gran poder que detentan, los altos sueldos y el constante usufructo de la hacienda y los bienes públicos, a cambio de tan pocos beneficios para el país. De esa manera, nada es más fácil que exacerbar los ánimos en contra de esa camarilla mediocre. Gaviria agregaba que esa situación de descrédito permanente alejaba de la actividad política a personas honestas y bien preparadas.
Y es que dice un viejo dicho que la política es como las salchichas, que son deliciosas pero es mejor no preguntar cómo se hacen (Bismarck). Si la política es la continuación de la guerra por otros medios (Clausewitz) y si en la guerra todo se vale, es de esperarse que el pulso por el poder, en principio, y el ejercicio del mismo, una vez se ha logrado, constituyan unas dinámicas que en otros ámbitos son inaceptables.
Lamentablemente, esto refuerza la tentación de cruzar la línea muy tenue que hay entre lo moralmente aceptable, lo claramente antiético y lo abiertamente criminal. Esto es lo que habría que diferenciar en el escándalo actual para condenar lo último.
Colombia vivió muchos años sin Dios ni Ley. Primero mandaban los gamonales de pueblo o caciques políticos, hasta que fueron desplazados por guerrillas, narcotraficantes y paramilitares. Por falta de afinidad política, el bipartidismo de antaño fue objetivo militar de las guerrillas y a sus representantes no les quedó de otra que aceptar el paramilitarismo no sólo para mantener el control político sino para preservar sus vidas. Esta perversión es la herencia de gobiernos pusilánimes que ignoraron sus responsabilidades y se negaron a combatir a las guerrillas por considerar que sus propósitos supuestamente altruistas las hacían merecedoras de concesiones desmedidas.
Hasta ahí, hacer un juicio es temerario. Nadie está obligado a dejarse asesinar menos cuando el Estado ha incumplido descaradamente el contrato social: lo ha roto. El problema es que como el poder absoluto corrompe absolutamente (Lord Acton), algunos políticos, en sus regiones, pasaron de la convivencia a la connivencia con los ‘paras’ y, más tarde, a la complicidad, vinculándose directamente con crímenes de diversa naturaleza para apropiarse de dineros públicos o de las tierras de los campesinos y hasta para eliminar a sus rivales políticos.
Sin embargo, la mayoría de los congresistas investigados no lo están por la comisión de crímenes tan graves sino por supuesta influencia de los paramilitares en su elección. En algunos casos son evidentes las circunstancias ‘atípicas’ en que fueron elegidos, con muchos votos a su favor en zonas de dominio paramilitar en las que años atrás no pasaban de obtener unos pocos sufragios. En otros casos investigados, la influencia no es evidente e, incluso, luce innecesaria.
Por eso no puede descartase que en este escándalo de la ‘parapolítica’ hayan otros intereses, sin duda malsanos y oscuros. En el caso del 8000, el interés de fondo fue el de no dejar gobernar a Samper y hoy puede haber un propósito similar. A muchos políticos les están cobrando el hecho de haber sobrevivido al predominio de la guerrilla en sus zonas de influencia, las que después fueron copadas por las autodefensas. Eso los convertiría automáticamente en aliados de los ‘paras’, lo mismo que el haber tenido reuniones con ellos para hablar de su desmovilización; haber ido a Ralito es un crimen, pero haber ido al Caguán o a campamentos guerrilleros no. Son curiosidades de una justicia parcializada.
Por eso es una falacia que el Congreso esté en crisis de legitimidad y entonces haya que cerrarlo. Es que el Congreso nunca ha sido limpio y falta mucho para que algún día lo sea. Nadie se daría golpes de pecho si el Presidente lo cierra pero ese fujimorazo sería visto como una arranque del más nocivo autoritarismo. Por tanto, Uribe envía una buena señal al mostrarse en desacuerdo con esas salidas populistas. En cambio, hay otros como César Gaviria o Gustavo Petro que pelan el cobre al pedir que se adelanten las elecciones del 2010, incluyendo la de Presidencia pero sin reelección. ¡Qué tal el cinismo!

sábado, 15 de marzo de 2008

Situación sanitaria y remedios en la colonia


En nuestra época colonial el conocimiento de las enfermedades atravesaba por un período rudimentario y elemental. El diagnóstico médico se hacía a través de la observación clínica de algunos aspectos del paciente: el pulso, la orina, el semblante y el grado de sensibilidad del vientre.
Por el pulso se podía saber sobre la condición del humor de la sangre. Por el olor de la orina, podía diagnosticarse el estado de ese otro humor. Por el semblante y la temperatura se conocía sobre el predominio de la ecuación frío calor y el tacto del vientre podría mostrar hasta qué punto existía una hinchazón interna o un apostema o una obstrucción.
Hecha la diagnosis, los remedios invariablemente tenían que ver con la dieta, las lavativas, los emplastos y la sangría.
La dieta, con diferentes variaciones, estaba orientada a restablecer uno de los principios en la dualidad seco/húmedo. El agua hervida se consideraba cálida y la cruda fría. Muchas veces se recomendaba no beber agua o se recetaba dieta húmeda.
La purga era el mecanismo más manido de la medicina. Servía para “sacar los malos humores“, apelando a la farmacopea vegetal o simplemente a la lavativa. Era pues un elemento de limpieza indispensable, de la misma manera en que se consideraba que el estornudo era una “descarga de la cabeza”. Dentro de esta lógica, las diarreas no se atacaban; por el contrario, se consideraban benéficas.
Los emplastos servían para producir externamente focos de frío o calor y para curar dolores internos o externos, por ejemplo, dolores de costado y reumas. El sudor inducido con alimentos calientes o mediante bebidas alcohólicas servía de alivio para crisis internas.
Otro recurso tan socorrido que casi tenía la calidad de una panacea era la sangría. Tan común era que existía un oficio especializado: el barbero y el flebotomiano.
Las hierbas medicinales y los compuestos de origen vegetal tenían usos muy particulares. La mentalidad altamente casuista del español la asimilaba muy bien. Pero en general, un medicamento vegetal se clasificaba según la lógica hipocrática de los contrarios. La viravira es hierba “cálida”, la borraja es “fresca”, el hinojo y el eneldo son de naturaleza “cálida”.
Ante la ausencia de compuestos químicos se usaron extensamente las secreciones naturales: la orina, la leche humana, el estiércol de caballo. A fines del período colonial nuestro más ilustre médico, el profesor Mutis, recetaba sudor, montar a caballo y leche de burra.
Con respecto a las enfermedades de las mujeres, según el saber de Valenzuela, éstas se reducían a pocas cosas:
Todas las enfermedades que sobrevenían como consecuencia del alumbramiento eran denominadas `sobreparto’. Las afecciones internas peculiares de la mujer se llamaban ‘mal interior y las afecciones crónicas del abdomen cuyas causas eran desconocidas las denominaban obstrucciones.
Es forzoso anotar que el ejercicio de la medicina, no sólo en Santafé sino en todo el vasto territorio de las Indias, recibió desde sus comienzos el ingente aporte de las yerbas medicinales que conocían y utilizaban los indígenas de todo el continente.
También en ese aspecto vale anotar que el deplorable grado de atraso no se diferenciaba mucho del nivel medio de la medicina. Sobre la automedicación decía un documento del siglo XVI:
“Se ha visto que los más vecinos y otras personas, por experiencias que han tenido, tienen conocidas sus complexiones y se saben sangrar y purgar con cosas que por experiencia se ha visto ser provechosas, por lo cual algunos enfermos no han tenido necesidad del dicho médico y ha sido Dios servido de darles salud”.
Dado el hecho de ser la medicina costosa y poco eficiente, los santafereños siguieron por mucho tiempo empeñados en encomendar sus curaciones a la misericordia divina y a su propia intuición y experiencia. Decía otro documento de la época:
“Porque algunos hombres pobres y aún ricos que tienen alguna calenturilla, o un dolor de cabeza, vagidos, una ventosidad, un romadizo o una enfermedad del estómago, pasan sin llamar médico ni gastar botica y con sólo seguir regimiento quedan sanos”.
Por otra parte, la situación sanitaria fue absolutamente lamentable durante el período colonial. Sólo en los comienzos del siglo XIX, cuando llegó a Santafé la vacuna contra la viruela, puede decirse que la salubridad pública conoció algún progreso. De esa fecha hacia atrás, el panorama es sencillamente tétrico. Hacia el final de la Colonia escribía sobre este particular el sabio Mutis:
“Si a las calamidades endémicas se agregan los males propios a la humanidad; las anuales epidemias que son comunes a todo el mundo y la inmensa variedad de enfermedades originadas de los desórdenes de los alimentos, bebidas y mal régimen; reunidas tantas calamidades que diariamente se presentan a la vista, forman la espantosa imagen de una población generalmente achacosa, que mantiene inutilizada para la sociedad y felicidad pública la mitad de sus individuos, a los unos por mucha parte del año y a otros por todo el resto de su vida”.
La triste verdad era que contra la mayoría de las dolencias más frecuentes de entonces sencillamente no había remedio. Hay un documento muy curioso de 1790 en el que un médico de apellido Froes hizo un recuento en el que clasificó por géneros las enfermedades más frecuentes en Santafé. Desbrozado el diagnóstico, el resultado de las enfermedades fue el siguiente:

I. De género inflamatorio:
Dolores de costado.
Las anginas.
Reumatismo.

II. De género humoral:
Las pútridas: con inflamaciones y sin inflamaciones.
Las comunísimas.
Las catarrales.
Las pituitosas.

III. De género crónico:
El gálico.
El escorbuto.
Pocas diarreas.

IV. De género endémico:
Hipocondrías.
Cachexias.
Obstrucciones.

V. Frecuentísimas:
Hidropesías.

VI. Epidémicas:
Tabardillo.
Sarampión.
Viruela.

A este listado de enfermedades corrientes Mutis agrega otras de tipo endémico. “Las escrófulas, llamadas vulgarmente cotos y las bubas llagas y se añaden dos enfermedades, la lepra y la caratosa, esta última en concepto de Mutis “una especie de lepra judaica”.
Dentro de este cuadro verdaderamente desastroso de salud pública en Santafé y el Nuevo Reino, el sector más afectado era naturalmente el de los indígenas, especialmente afectados por las enfermedades europeas y totalmente desprotegidos. Para el indio no hubo jamás la mínima asistencia médica. Dice un documento de la época:

“Desde que el indio enferma hasta que lo llevan a enterrar no es visitado por su amo, y si entonces sabe que murió, no es porque ha tenido cuenta con él sino porque el cura no quiere enterrarlo sin que le paguen”.

miércoles, 12 de marzo de 2008

El cazador de cabezas

LA COLUMNA DE OPINET
Por Pedro Lastra, periodista Venezolano

Termina la cumbre del Grupo de Río con un insólito aunque previsible resultado: Correa puesto en ridículo, Daniel Ortega con la cola entre las piernas y Hugo Chávez tragándose sus poderes de seducción ante un hecho incontrastable: Álvaro Uribe le ha vuelto a dar una lección de estatismo, seriedad, coraje y sentido histórico.
Regresa a Bogotá con la cabeza de Raúl Reyes en una mano, el brazo de Iván Ríos en la otra. Unas FARC que se desmoronan de día en día y de minuto en minuto. Y la maleta llena de risas y abrazos. Un auténtico cazador de cabezas.
No fue por un puñado de dólares. Como los que le permitieran a un aficionado Rafael Correa hacerse con el poder de un país que en su momento Simón Bolívar calificara de republiqueta. Que de otra manera no se explica que un país hecho y derecho sea gobernado por un amateur tan bisoño y lampiño que da grima. Ni los que le han permitido a Hugo Chávez contar con la sonrisa de la Sra. Fernández de Kirchner y la servil obsecuencia de uno de los revolucionarios más desprestigiados y corrompidos del mundo, como el comandante Daniel Ortega.
Han terminado en el sitio del que jamás debieran haber salido: en la pista del circo de la política latinoamericana. ¿Cómo es que Chávez rompe relaciones, echa al embajador de Colombia, moviliza diez batallones, pone a nuestro país en pie de guerra para terminar pocas horas después abrazado con el "peón del imperio", "el lacayo de las multinacionales" y "el cínico cachaco del palacio Nariño"? ¿Borrón y cuenta nueva? ¿Aquí no ha pasado nada? No me crean tan.......
Tanta alharaca, tanta bravuconería, tanta tronante amenaza para demostrar que del cerco de sus dientes no salen más que bravatas. Un tigre de papel!! ¿Qué le pasó a sus ímpetus guerreros? ¿Qué a sus afanes expansionistas? Flatulencias, eructos, hipos y carrasperas.
Imposible olvidar a Jaime Lusinchi, un presidente bonachón y sin ínfulas de generalato, que se cuadró frente al Caldas e impuso la defensa de nuestra soberanía. Imposible olvidar a Rómulo Betancourt, que sacó a patadas al comandante Ochoa Sánchez, a Ulises Rosales del Toro y a Tomás Menéndez, Tomassevich, de Falcón y El Bachiller, expulsando de paso a Fidel Castro de la OEA. Eran la flor y nata de las guerrillas cubanas – las FARC de la Sierra Maestra – y salieron con la más homéricas de las diarreas.
Eran otros tiempos: presidentes cojonudos, silenciosos y corajudos. Que antes de hablar pensaban. Y luego de hablar, actuaban. Dispuestos a entregar sus vidas en el campo de batalla. No estos generales de papel maché que se esconden en el museo militar y protestan porque pillan a sus terroristas en calzoncillos.
El gran triunfador de jornada, Álvaro Uribe!! Violeta Parra le hubiera cantado: "discreto, sobrio y sencillo, son joyas resplandecientes, con las que el hombre que es hombre, se luce decentemente".
A Simón Trinidad y otros altos dirigentes de las FARC se unen Raúl Reyes e Iván Ríos. La cacería es inclemente. La desbandada es total. Tan grande es la debacle, que Chávez se rinde, Ortega se arrastra y Correa se esconde. Mayor fiasco, imposible. Tienen sus días contados.

miércoles, 5 de marzo de 2008

Gobiernos auspiciadores del terrorismo

LA COLUMNA DE OPINET
Los acontecimientos de las últimas horas en Colombia han tomado un giro inesperado: de la buena noticia de haber abatido a ese criminal despiadado y sanguinario que era alias ‘Raúl Reyes’, el segundo al mando del grupo terrorista de las Farc, se pasó a las tensiones de un posible conflicto regional entre Colombia y sus vecinos Ecuador y Venezuela - cuyos gobiernos auspician el terrorismo como se sospechaba desde hace largo rato y como ahora ha quedado en evidencia -, ante los reclamos airados de Hugo Chávez y Rafael Correa por la ‘violación de la soberanía’ del Ecuador durante el operativo militar que dio cuenta del terrorista.

Los sucesos desencadenados por la muerte de ‘Reyes’ van de lo más absurdo a lo verdaderamente insólito. El Gobierno colombiano informó, desde el comienzo, que el terrorista había sido abatido en territorio ecuatoriano y su campamento bombardeado por la aviación militar. Se informó que, acto seguido, unidades terrestres penetraron la frontera y tomaron su cadáver para evitar que la guerrilla negara la muerte del cabecilla, como es costumbre, además de documentos y cuatro computadores. Eso le informó el Presidente de Colombia a su similar de Ecuador, y fue divulgado ampliamente por los medios de comunicación, la mañana del sábado. En un principio, Correa aceptó la explicación y se limitó a decir que su gobierno investigaría los hechos. Fue Chávez, en la tarde, quien calificó la acción como una violación de la soberanía y advirtió que si eso llegara a pasar en Venezuela sería ‘casus belli’, causa de guerra.
Lo del domingo fue peor. Correa salió a vociferar que, en efecto, se había presentado una flagrante violación de la soberanía del Ecuador, y coincidió con Chávez al afirmar que no había sido un combate sino un “cobarde asesinato”; que a ‘Reyes’ lo habían sorprendido dormido y que Colombia debió informar al Ecuador para que sus fuerzas capturaran al delincuente. De forma inconcebible, extravagante y asombrosa, Chávez - y su corte - le brindó un minuto de silencio en homenaje al compañero caído y lo tildó de “buen revolucionario” cuando ninguna víctima de las Farc le ha merecido, a ese gobierno, la menor consideración. Los responsos fueron acompañados desde Nicaragua por su presidente, Daniel Ortega.
Luego vinieron las decisiones conjuntas contra Colombia. Chávez movilizó diez batallones a la zona de frontera, ordenó alistar los aviones de combate Sukhoi - sus nuevos juguetes - y cerró la embajada en Bogotá, notificando a todo su personal que debían regresar de inmediato.
Correa no se quedó atrás: envió tropas a la frontera con Colombia, llamó a consultas a su embajador en Bogotá y expulsó al embajador de Colombia en Quito. A eso se sumó después el coronel golpista, expulsando de su país a la delegación diplomática colombiana.
Como colofón a estos insucesos, el lunes, varios gobiernos de todo el mundo mordieron el anzuelo y criticaron la acción de Colombia pero pasaron por alto el meollo del asunto: el hecho de que ‘Raúl Reyes’ durmiera a pierna suelta en Ecuador, lo que constituye la prueba reina de que ese país alberga terroristas. De ese hecho ya existían más que sospechas; el mismo Luis Eladio Pérez, uno de los secuestrados (por casi siete años) que las Farc liberaron la semana anterior, relató que la guerrilla lo tuvo un tiempo en ese país, y que la comida era ecuatoriana, la dinamita era ecuatoriana y la munición era ecuatoriana. Eso no lo venden en la tienda de la esquina. Pero, además, en las fotografías y videos que se han conocido del campamento donde fue abatido el terrorista se puede apreciar que este no era un refugio pasajero. Las características de su construcción demuestran que era un albergue permanente de varios meses de construido y en el que se sentían seguros, precisamente, por estar ‘fuera del alcance’ del Estado colombiano.
Tras los actos terroristas de septiembre de 2001 en Washington y Nueva York, el Derecho Internacional prevé mayores esfuerzos contra el terrorismo que trascienden, incluso, la integridad territorial de un país, eso es secundario. El operativo realizado por el Ejército y la Policía de Colombia se desarrolló en un área selvática donde no hay infraestructura de ningún tipo ni civiles ecuatorianos que pudieran ser víctimas ‘accidentales’. En esos campamentos sólo había criminales colombianos que martirizan a sus compatriotas y corren a resguardarse en territorios vecinos, ahí sí violando la soberanía, ingresando de manera ilegal porque ni siquiera los gobernantes de esos países tienen fuero constitucional para otorgarle patente de corso a los delincuentes de naciones vecinas.
No habiendo posibilidad, entonces, de provocar ‘daños colaterales’, se ejecutó una operación limpia en la que además no había intención alguna de permanecer en el territorio extranjero o de sustraer su dominio. De hecho, la operación sólo duró 14 minutos y ni siquiera se intentó ocultarla. En esto, en su carácter transparente, el Gobierno colombiano ha sentado cátedra, ha actuado siempre con la verdad - como se demostró en el caso del niño Emmanuel - en tanto que las Farc y sus amigos siempre han mentido. Basta recordar las palabras de Hugo Chávez en una visita a Colombia en 2004: “No apoyo ni apoyaré jamás a la guerrilla colombiana, ni a movimiento subversivo alguno contra gobierno democrático alguno. Les juro por Dios y mi madre santa (…) que si yo apoyara la guerrilla no tendría cara para venir aquí a Cartagena” (ver http://www.youtube.com/watch?v=6sEWDlTirWU).
Las fuerzas de Colombia podrían haber sacado sin afanes todos los cadáveres, haber vaciado el campamento y limpiado la zona, para luego armar un escenario de guerra en territorio propio y señalar que ‘Reyes’ fue abatido en Colombia. En ese caso, Ecuador tendría que haber guardado total silencio porque lo contrario sería reconocer su complicidad. ¿Por qué el gobierno de Uribe no actuó así? Es cuestión de convicciones, el gobierno colombiano prefirió hacer las cosas al derecho, aunque Maquiavelo hubiera recomendado otra cosa. Dirán algunos que también se pudo o se debió recurrir a las autoridades ecuatorianas, pero la verdad es que habiendo tantas dudas sobre su neutralidad eso habría sido frustrar un éxito contra el terrorismo y a esta hora seguiría ‘Reyes’ cometiendo crímenes contra los colombianos.
Lamentablemente, es obvio que Ecuador no está reclamando por un par de árboles caídos - por las bombas - sino por los terroristas que protegía en su territorio, actitud que debería ser castigada por la comunidad internacional.

miércoles, 20 de febrero de 2008

Medicina y beneficencia en la Colonia


En la época de la conquista y colonización del Nuevo Mundo, el saber médico y quirúrgico de la metrópolis desconocía los avances y descubrimientos que se habían realizado por fuera de sus fronteras. El conocimiento que se impartía en las universidades (de Alcalá, Sevilla y Osuna, entre otras) estaba supeditado principalmente a la lectura de Hipócrates, Galeno y Avicena. Con el estudio teórico de estos autores durante cuatro años (a cada año correspondía un curso) y después de haber practicado en compañía de un médico aprobado, los alumnos debían examinarse ante un protomédico, antes de librarles las cartas de bachilleres.
Entre los cirujanos había dos categorías: la de los latinos, que era considerada como superior puesto que en ella se exigía el dominio absoluto del latín, y la de los romancistas, de formación empírica a quienes se excusaba del conocimiento del latín. En el último nivel estaban los barberos, los parteros de ambos sexos y los curanderos, que por lo general ejercían su oficio en las aldeas.
Los barberos, cuya actividad principal era cortar barbas y cabellos, ejercían también otras relacionadas con la medicina. Las más frecuentes eran la práctica de sangrías y la extracción de muelas.
Lógicamente, en la capital de este Nuevo Reino de Granada imperaban, agravadas, similares limitaciones en la práctica de la medicina; es decir, que las herramientas con que se contaba para hacer frente a dolencias, plagas, epidemias y demás enemigos de la salud humana, eran tan primitivas e ineficientes como las de muchos siglos antes. Los conceptos fundamentales de la medicina eran básicamente los mismos que prevalecían en España por esa época. Seguían en plena vigencia los conceptos fundamentales de Hipócrates y Galeno. Según la doctrina hipocrática, el organismo humano tenía cuatro agentes activos o “Humores”: sangre, flema, bilis negra y bilis amarilla. De acuerdo con la tesis del maestro griego, cada uno de estos humores tenía una complexión: la sangre caliente y húmeda; la flema fría y húmeda; la bilis negra, fría y seca; y la bilis amarilla, caliente y seca. También afirmaba Hipócrates que los tres órganos más importantes del cuerpo corazón, cerebro e hígado eran, respectivamente, seco y caliente, húmedo y frío y caliente y húmedo. Un cuerpo normal y saludable tendría entonces abundancia de calor y humedad. Sin embargo, Hipócrates aceptaba que este equilibrio podría variar según las diferentes personas, por lo cual podía haber complexiones esencialmente calientes, húmedas, frías o secas.
La salud sería, en consecuencia, el resultado de la buena armonía y adecuado equilibrio entre estas cualidades. Al producirse cualquier desequilibrio vendría el dolor y aparecerían los quebrantos de salud. De ahí que las principales terapias encaminadas a balancear estos elementos eran las purgas, los eméticos, las sangrías y las ventosas.
A pesar de las limitaciones de la medicina colonial, estas escasas luces estuvieron ajenas en nuestro medio. Por diversas razones, antes del siglo XIX no se pudo establecer en regla una cátedra de medicina y mucho menos estructurar un plan de formación académica. Por supuesto, hubo muchos intentos. Desde el siglo XVI los dominicos solicitaron autorización al Virrey para que se pudieran establecer estudios académicos. Durante el siglo XVII hubo también amagos que no se concretaron.
El médico Enríquez de Andrade intentó iniciar una cátedra de medicina ad honorem pero desistió por diferentes razones.
Con la fundación del Colegio del Rosario, se incluyeron dentro del plan algunos cursos de medicina encadenados a los de jurisprudencia y filosofía. En 1651 los demás cursos habían empezado a funcionar, menos el de medicina “por no haber persona idónea para desempeñarla “. Aún en el siglo XVIII se encuentran intentos igualmente frustrados.
En 1733, en momentos en que en Europa ya empezaban a darse pasos decisivos en el camino hacia la medicina moderna, el médico italiano Francisco Fontes, que por extraños designios vino a parar a esta remotísima ciudad, ofreció sus servicios para ocupar la cátedra que se hallaba vacante en el Rosario. La oferta le fue aceptada, pero el italiano hubo de retirarse de ella al poco tiempo al no inscribirse ni un estudiante debido a que la sociedad santafereña consideraba que el ejercicio de la medicina era propio sólo de personas de baja condición social.
Más tarde, en 1760, la cátedra fue ocupada por un personaje llamado Román Cancino quien, aunque no tenía título de médico, sí poseía algunos conocimientos. Más tarde falleció Cancino y lo reemplazó un doctor Juan de Vargas, que regentó una cátedra de medicina elemental en forma irregular y accidentada.
Ya en plena Ilustración, el Arzobispo Virrey Antonio Caballero y Góngora trató de reestructurar la cátedra de medicina imprimiéndole un carácter más serio y científico. El fracaso de la iniciativa fue total. Por aquella época, ese brillante visionario de la realidad política, económica y social del Nuevo Reino que fue Pedro Fermín de Vargas escribía sobre este tema:
“Es un dolor que habiendo en Santafé tanta cátedra de teología que es muy poco necesaria en estos países, no se haya puesto cuidado en una tan útil al hombre como es la de medicina”.
Resulta pertinente anotar aquí que este concepto fue herencia directa de la España posterior a la reconquista, en la cual los oficios prácticos eran ejercidos por moriscos y judíos conversos o sus descendientes. En consecuencia, la práctica de cualquiera de esas actividades hacía sospechosos a quienes las ejercían de llevar sobre sí el deprimente estigma de cristianos nuevos. Por el contrario, el cristiano viejo sin mancha de sangre sarracena o judía era guerrero, eclesiástico, letrado, o señor de la tierra. En América Latina este menosprecio hacia las actividades prácticas como la medicina, perdió las connotaciones de tipo ético religioso para adquirir otras de carácter puramente social.

En 1801, cuando ya el Nuevo Reino estaba recibiendo desde hacía varios años el benéfico influjo del sabio Mutis, fue nombrado un sacerdote de apellido Isla para montar y organizar en el Rosario una cátedra seria de medicina. El padre Isla diseñó un plan de estudios de ocho años, destinando cinco para estudios teóricos y tres para práctica. Se introdujeron clases de anatomía, fisiología y patología en un intento por emancipar los estudios de la tradicional tutela hipocrática. El padre Isla llevó a sus estudiantes del período práctico al hospital de San Juan de Dios y alcanzó a graduar a siete, con lo cual puede decirse que se iniciaba en firme la actividad profesional en el campo de la medicina en Bogotá.

jueves, 14 de febrero de 2008

El mandato contra las FARC



LA COLUMNA DE OPINET

Sería difícil entrar a cuestionar si las marchas multitudinarias contra las Farc marcan un quiebre absoluto entre la posición ‘indiferente’ que de tiempo atrás había tenido la población colombiana y ese momento tan esperado en que la gente manifestara un cansancio y un hastío totales frente a la situación de conflicto y sus protagonistas, sobre todo con nombres propios como ha ocurrido. Eso se verá en la medida en que el impulso alcanzado en estos momentos de ‘efervescencia y calor’ se renueve cada vez que sea necesario y no se convierta esta manifestación de rechazo en flor de un día. Bajo esta perspectiva, se puede afirmar, sin lugar a dudas, que la marcha del 4F - y las subsiguientes, u otras manifestaciones de repudio - tendrá su efecto.
Lo que sí está muy claro es el significado resultante de la protesta y para explicarlo hay que ser claros en el sentido de que por lo menos cinco millones de personas marcharon contra las Farc, en representación de todo el país. El número de manifestantes, su diversidad social, racial, cultural, etc., y los diversos escenarios en los que se desarrolló la protesta, dan cuenta de un fenómeno nacional de proporciones inusitadas. Se marchó en las principales ciudades del país pero también en pequeños y apartados municipios donde ni siquiera había organizadores directos de la protesta. Marcharon desde los barrios más encopetados hasta las personas más pobres. Marcharon gentes de todas las razas y de todas las profesiones; desde las personas más doctas hasta quienes no han tenido mayor acceso a la formación académica. Marcharon personas de todas las vertientes religiosas y de todas las corrientes políticas.
El número de manifestantes merece un comentario aparte. No marcharon los 22 millones de personas que pedían las Farc (en un comunicado apócrifo) para sentirse aludidas y cambiar su actitud. Sin embargo, una cifra entre los cinco y los diez millones constituye una participación masiva porque es virtualmente imposible que todas las personas acudan a un mismo sitio a la misma hora. Hay unos diez millones de niños, menores de doce años, a los que no se les debe llevar a estas concentraciones y que tampoco deben dejarse solos - sin la compañía de adultos -en el hogar.

Hay cientos de miles de personas enfermas y de ancianos que no podrían acudir. Hay muchísimas personas que viven en lugares muy apartados de cualquier centro urbano y son millones los que debían laborar y para quienes no había permiso alguno para participar de la movilización. A esto se suman los problemas de transporte para trasladar a tantas personas en tan poco tiempo y el número finito de individuos que caben en un sitio determinado, como la Plaza de Bolívar.
Pero el asunto no se queda sólo en la participación masiva y plural, desde todo punto de vista, sino en el atronador e inequívoco mensaje de repudio contra las Farc, expresado a través de mensajes impresos en camisetas y pancartas, o de consignas coreadas por la multitud.

Esta vez, los colombianos no salieron a chupar paleta y a disfrutar música de ‘papayeras’ como en otras marchas donde se diluyeron las quejas en llamados generales contra la violencia. Antes, a la gente le daba miedo expresarse contra la guerrilla o se sumaban - por facilismo - a quienes abogan por un acuerdo político, por esa falacia de que las Farc eran invencibles y para terminar el pleito habría que acogerse a sus exigencias.
Y este es el principal cambio a partir de la marcha: el pueblo colombiano ha dado un mandato por su dignidad en el que ya no está dispuesto a aceptar el chantaje de paz a cambio de lo que los terroristas quieran.

Si las Farc se desmovilizan serán bienvenidas, sin mayores privilegios, en el seno de la sociedad; si siguen en el monte, el Gobierno ha recibido no un simple apoyo en la tarea que ha venido cumpliendo de combatir a la subversión, sino un verdadero encargo de hacerlo por mandato ciudadano.
Finalmente, es importante señalar el triste error en el que caen algunos ‘amigos’ de la subversión al decir que el odio y el repudio sólo conducirán a más guerra y cierran la puerta de una solución negociada. Nada ha atizado más la violencia en Colombia que la indiferencia social y la ausencia de Estado; por lo tanto, lo contrario no puede producir más de lo mismo. Y fueron las Farc las que cerraron, con sus humillaciones, cualquier posibilidad de que el pueblo colombiano les agache de nuevo la cerviz, como procuran los marxistas trasnochados que las acompañan.

El sabotaje de la marcha en París

La marcha del 4 de febrero, en París, tenía como punto de encuentro el Hotel de Ville, algo así como decir la Alpujarra en Medellín o la Plaza de Bolivar en Bogotá. El viernes, la familia de Ingrid Betancur le pidió al alcalde de París que anulara la marcha porque era "organizada por los paramilitares y el Gobierno colombiano". Ante las presiones de la familia Betancur, el alcalde de Paris decidió cambiar el sitio de encuentro y enviarnos a la Plazoleta de Chatelet. Es decir, pasamos de la Alpujarra a la Plazuela Uribe Uribe o de la Plaza de Bolivar al Parque del Periodista en Bogotá. Todo esto se los explico en analogía para que se puedan hacer una idea del cambio al que fuimos sometidos faltando solo dos días para la marcha.
Pero uno de los principales motivos para cambiar el sitio de la marcha es que en Chatelet no hay una foto de Ingrid Betancur como la que está en el Hotel de Ville, la que su familia llegó a pensar que sería violentada.
En la Place de Chatelet no se tienen las mismas comodidades: el acceso es complicado porque al lugar lo bordean cuatro calles fuertemente transitadas, por lo que sólo se pudo marchar en círculos, pero en turnos, porque no era posible hacerlo todos al mismo tiempo.
Sobre la hora, muchos colombianos llegaban perdidos a buscar sus compatriotas en el punto de encuentro anteriormente establecido: el Hotel de Ville. Pero los policías que custodiaban la alcaldía de París (lugar del encuentro), tenían orden de no dejar pasar a nadie vestido de blanco o con alguna prenda de ese color.
Por tal motivo era casi imposible prevenir a las personas que iban llegando al Hotel de Ville buscando a los demás marchantes. Ante esa situación me propuse para ir hasta el Hotel de Ville para enviar a los perdidos a la Place de Chatelet. En el camino constaté cómo el organizador y otra niña fueron detenidos por la policía indicándoles que no podían dirigirse al Hotel de Ville. Yo pude pasar, por fortuna, porque tenia un abrigo oscuro que cubría mi camisa blanca.En el Hotel de Ville me encontré con muchos colombianos que estaban 'perdidos', y creían que la marcha se había cancelado. A muchos pude hablarles pero la policía no dejaba que se juntaran personas allí. Estuve alrededor de una hora redireccionando personas hacia la Place de Chatelet. Luego volví a la marcha donde me dio alegría ver al señor embajador y una buena comitiva de colombianos y franceses que en medio del frío y la lluvia se concertaron para decir: ¡NO A LAS FARC! ¡NON LES FARC!
Todo parecía marchar muy bien hasta que llegaron algunos franceses diciendo que no debíamos estar ahí. En un momento me sentí tan ofendida que le pregunté a uno de ellos si sabia lo que era sufrir por un secuestrado, si conocía el dolor de los amigos o familiares a quienes se les secuestra un ser querido. Le pregunté quién era y, para mi sorpresa, su respuesta fue: "Soy del comité de apoyo a la familia de Ingrid Betancur." Todo me pareció demasiado obvio, porque en Francia la polarización por el tema del secuestro pasa por las manos de la familia Betancur.

En París el clima de la "marcha" (y la escribo entre comillas porque fue solo una concentración) estuvo llena de contradicciones entre colombianos y franceses GRACIAS A LA INFLUENCIA DE LA FAMILIA BETANCUR.

Hoy ante todos ustedes quiero denunciar la manipulación que tiene la familia de Ingrid Betancur sobre los medios en Francia, notablemente en Paris...


Maria Paula

Abogada

Doctorado en Ciencias Politicas

Paris - Francia

viernes, 1 de febrero de 2008

Nos vemos el 4 de Febrero

LA COLUMNA DE OPINET
Muchos deben recordar las marchas multitudinarias que hubo en España en 1997, en protesta por el asesinato —cometido por ETA— de Miguel Ángel Blanco Garrido, concejal de un pequeño pueblo de Vizcaya. En Colombia, cientos de concejales han sido asesinados en los últimos 20 años sin producir siquiera un titular de prensa en primera página y, mucho menos, sin constituirse en motivos de protesta o cambiar en lo más mínimo el devenir nacional. A Luis Carlos Galán, un contubernio entre mafia y política, lo asesinó un viernes, y al domingo siguiente el país entero estaba consagrado al partido de fútbol de la selección Colombia en Barranquilla, en busca de la clasificación al Mundial de Italia.
Hemos vivido anestesiados. A las presentes generaciones de colombianos sólo nos han tocado tiempos de violencia y desgobierno entrelazados con cortos periodos de aparente tranquilidad. Podría decirse que tenemos costumbre, que hemos hecho callo en el alma ante unos hechos y realidades que en otras latitudes serían perturbadoras; por tanto, se nos señala —y nos autoincriminamos— de ser indiferentes. Sin embargo, también podría decirse que esa actitud ha sido un mecanismo de defensa que nos ha permitido seguir una vida normal: mientras Pablo Escobar desataba la más fuerte oleada terrorista en ciudades como Medellín y Bogotá, la gente continuó sus actividades rutinarias casi sin variación alguna; trabajando, estudiando, divirtiéndose.
Solemos utilizar otro mecanismo de defensa aún más cruel: si secuestran a alguien se le inculpa por tener mucho dinero; si asesinan a otro, ‘quién sabe en qué enredo andaba’, o ‘nadie lo mandó a meterse con esa gente’… y así. Es decir, para subsistir a pesar del miedo, para que la desconfianza y el desasosiego no nos paralicen, para que tanta desventura no nos intimide, le atribuimos la culpa a las víctimas para así creer que la cosa no es con nosotros o con nuestras familias, porque ‘uno no anda metido en cosas raras’ ni es una presa atractiva para los delincuentes porque —decimos— ‘uno no tiene nada’.
Tal vez, si hace tiempo hubiéramos comprendido aquella reflexión que se le atribuye a Bertolt Brecht —su verdadero autor es Martin Niemoeller— que dice “primero vinieron por los comunistas…”, a lo mejor nos hubiéramos ahorrado muchas desgracias y podríamos haber conformado una sociedad más igualitaria y justa que a estas horas nos llevaría años luz de ventaja en materia de desarrollo y, sobre todo, de paz, de ese sosiego que se vive en muchos países aunque haya algún grado de pobreza y de exclusión. Tan lejos ha llegado este cuadro cataléptico colectivo, este letargo, este adormecimiento de nuestras gentes que en repetidas encuestas figuramos como el pueblo más feliz del mundo, como las personas más dichosas y satisfechas, acaso porque eso produce el saberse vivo entre tanta violencia y el sobrevivir el día a día sin un rasguño, a pesar de la bomba en la ciudad, del secuestro en la carretera, de la masacre en la vereda, de la balacera en el barrio.
No obstante, esos mecanismos no pueden ser permanentes en el imaginario del individuo. Algún día nos teníamos que cansar y cada vez somos más los que no admitimos la opción de la indiferencia ante quienes no atienden a la naturaleza del pacto social, que no es una alternativa más o una opción que se toma o se deja a voluntad, y mucho menos una atadura que enmarca una tiranía cuando lo que hay es una democracia cada vez más profunda. Entonces, no hay más espacio para la indiferencia hacia los actos violentos pero tampoco hacia el Estado que osa incumplir con sus deberes primordiales, tanto el de proteger a los ciudadanos como el de mejorar las condiciones de vida de todos.
La marcha del 4 de febrero —contra las Farc, contra el secuestro—, al originarse por iniciativa ciudadana, es la simiente del despertar de los colombianos, del fin de la indiferencia y el comienzo de una etapa de mayor participación ciudadana y de manifestaciones sustantivas no tendenciosas que deberán llevarnos a un estadio de paz y prosperidad que los colombianos no hemos conocido pero que merecemos y que vendrá cuando entendamos que nuestro bienestar es responsabilidad de todos y cada uno de nosotros.
Y, con esas marchas, cada uno se hace responsable, con su asistencia, de su propio rechazo a los violentos. Porque no basta ya con un repudio sobrentendido sino que es la hora de levantar la voz antes de que vengan por nosotros, por cada uno, y sea ya demasiado tarde.