miércoles, 20 de febrero de 2008

Medicina y beneficencia en la Colonia


En la época de la conquista y colonización del Nuevo Mundo, el saber médico y quirúrgico de la metrópolis desconocía los avances y descubrimientos que se habían realizado por fuera de sus fronteras. El conocimiento que se impartía en las universidades (de Alcalá, Sevilla y Osuna, entre otras) estaba supeditado principalmente a la lectura de Hipócrates, Galeno y Avicena. Con el estudio teórico de estos autores durante cuatro años (a cada año correspondía un curso) y después de haber practicado en compañía de un médico aprobado, los alumnos debían examinarse ante un protomédico, antes de librarles las cartas de bachilleres.
Entre los cirujanos había dos categorías: la de los latinos, que era considerada como superior puesto que en ella se exigía el dominio absoluto del latín, y la de los romancistas, de formación empírica a quienes se excusaba del conocimiento del latín. En el último nivel estaban los barberos, los parteros de ambos sexos y los curanderos, que por lo general ejercían su oficio en las aldeas.
Los barberos, cuya actividad principal era cortar barbas y cabellos, ejercían también otras relacionadas con la medicina. Las más frecuentes eran la práctica de sangrías y la extracción de muelas.
Lógicamente, en la capital de este Nuevo Reino de Granada imperaban, agravadas, similares limitaciones en la práctica de la medicina; es decir, que las herramientas con que se contaba para hacer frente a dolencias, plagas, epidemias y demás enemigos de la salud humana, eran tan primitivas e ineficientes como las de muchos siglos antes. Los conceptos fundamentales de la medicina eran básicamente los mismos que prevalecían en España por esa época. Seguían en plena vigencia los conceptos fundamentales de Hipócrates y Galeno. Según la doctrina hipocrática, el organismo humano tenía cuatro agentes activos o “Humores”: sangre, flema, bilis negra y bilis amarilla. De acuerdo con la tesis del maestro griego, cada uno de estos humores tenía una complexión: la sangre caliente y húmeda; la flema fría y húmeda; la bilis negra, fría y seca; y la bilis amarilla, caliente y seca. También afirmaba Hipócrates que los tres órganos más importantes del cuerpo corazón, cerebro e hígado eran, respectivamente, seco y caliente, húmedo y frío y caliente y húmedo. Un cuerpo normal y saludable tendría entonces abundancia de calor y humedad. Sin embargo, Hipócrates aceptaba que este equilibrio podría variar según las diferentes personas, por lo cual podía haber complexiones esencialmente calientes, húmedas, frías o secas.
La salud sería, en consecuencia, el resultado de la buena armonía y adecuado equilibrio entre estas cualidades. Al producirse cualquier desequilibrio vendría el dolor y aparecerían los quebrantos de salud. De ahí que las principales terapias encaminadas a balancear estos elementos eran las purgas, los eméticos, las sangrías y las ventosas.
A pesar de las limitaciones de la medicina colonial, estas escasas luces estuvieron ajenas en nuestro medio. Por diversas razones, antes del siglo XIX no se pudo establecer en regla una cátedra de medicina y mucho menos estructurar un plan de formación académica. Por supuesto, hubo muchos intentos. Desde el siglo XVI los dominicos solicitaron autorización al Virrey para que se pudieran establecer estudios académicos. Durante el siglo XVII hubo también amagos que no se concretaron.
El médico Enríquez de Andrade intentó iniciar una cátedra de medicina ad honorem pero desistió por diferentes razones.
Con la fundación del Colegio del Rosario, se incluyeron dentro del plan algunos cursos de medicina encadenados a los de jurisprudencia y filosofía. En 1651 los demás cursos habían empezado a funcionar, menos el de medicina “por no haber persona idónea para desempeñarla “. Aún en el siglo XVIII se encuentran intentos igualmente frustrados.
En 1733, en momentos en que en Europa ya empezaban a darse pasos decisivos en el camino hacia la medicina moderna, el médico italiano Francisco Fontes, que por extraños designios vino a parar a esta remotísima ciudad, ofreció sus servicios para ocupar la cátedra que se hallaba vacante en el Rosario. La oferta le fue aceptada, pero el italiano hubo de retirarse de ella al poco tiempo al no inscribirse ni un estudiante debido a que la sociedad santafereña consideraba que el ejercicio de la medicina era propio sólo de personas de baja condición social.
Más tarde, en 1760, la cátedra fue ocupada por un personaje llamado Román Cancino quien, aunque no tenía título de médico, sí poseía algunos conocimientos. Más tarde falleció Cancino y lo reemplazó un doctor Juan de Vargas, que regentó una cátedra de medicina elemental en forma irregular y accidentada.
Ya en plena Ilustración, el Arzobispo Virrey Antonio Caballero y Góngora trató de reestructurar la cátedra de medicina imprimiéndole un carácter más serio y científico. El fracaso de la iniciativa fue total. Por aquella época, ese brillante visionario de la realidad política, económica y social del Nuevo Reino que fue Pedro Fermín de Vargas escribía sobre este tema:
“Es un dolor que habiendo en Santafé tanta cátedra de teología que es muy poco necesaria en estos países, no se haya puesto cuidado en una tan útil al hombre como es la de medicina”.
Resulta pertinente anotar aquí que este concepto fue herencia directa de la España posterior a la reconquista, en la cual los oficios prácticos eran ejercidos por moriscos y judíos conversos o sus descendientes. En consecuencia, la práctica de cualquiera de esas actividades hacía sospechosos a quienes las ejercían de llevar sobre sí el deprimente estigma de cristianos nuevos. Por el contrario, el cristiano viejo sin mancha de sangre sarracena o judía era guerrero, eclesiástico, letrado, o señor de la tierra. En América Latina este menosprecio hacia las actividades prácticas como la medicina, perdió las connotaciones de tipo ético religioso para adquirir otras de carácter puramente social.

En 1801, cuando ya el Nuevo Reino estaba recibiendo desde hacía varios años el benéfico influjo del sabio Mutis, fue nombrado un sacerdote de apellido Isla para montar y organizar en el Rosario una cátedra seria de medicina. El padre Isla diseñó un plan de estudios de ocho años, destinando cinco para estudios teóricos y tres para práctica. Se introdujeron clases de anatomía, fisiología y patología en un intento por emancipar los estudios de la tradicional tutela hipocrática. El padre Isla llevó a sus estudiantes del período práctico al hospital de San Juan de Dios y alcanzó a graduar a siete, con lo cual puede decirse que se iniciaba en firme la actividad profesional en el campo de la medicina en Bogotá.

1 comentario:

gazpacho con arepa dijo...

os felicito. Este blog está impresionante