sábado, 15 de marzo de 2008

Situación sanitaria y remedios en la colonia


En nuestra época colonial el conocimiento de las enfermedades atravesaba por un período rudimentario y elemental. El diagnóstico médico se hacía a través de la observación clínica de algunos aspectos del paciente: el pulso, la orina, el semblante y el grado de sensibilidad del vientre.
Por el pulso se podía saber sobre la condición del humor de la sangre. Por el olor de la orina, podía diagnosticarse el estado de ese otro humor. Por el semblante y la temperatura se conocía sobre el predominio de la ecuación frío calor y el tacto del vientre podría mostrar hasta qué punto existía una hinchazón interna o un apostema o una obstrucción.
Hecha la diagnosis, los remedios invariablemente tenían que ver con la dieta, las lavativas, los emplastos y la sangría.
La dieta, con diferentes variaciones, estaba orientada a restablecer uno de los principios en la dualidad seco/húmedo. El agua hervida se consideraba cálida y la cruda fría. Muchas veces se recomendaba no beber agua o se recetaba dieta húmeda.
La purga era el mecanismo más manido de la medicina. Servía para “sacar los malos humores“, apelando a la farmacopea vegetal o simplemente a la lavativa. Era pues un elemento de limpieza indispensable, de la misma manera en que se consideraba que el estornudo era una “descarga de la cabeza”. Dentro de esta lógica, las diarreas no se atacaban; por el contrario, se consideraban benéficas.
Los emplastos servían para producir externamente focos de frío o calor y para curar dolores internos o externos, por ejemplo, dolores de costado y reumas. El sudor inducido con alimentos calientes o mediante bebidas alcohólicas servía de alivio para crisis internas.
Otro recurso tan socorrido que casi tenía la calidad de una panacea era la sangría. Tan común era que existía un oficio especializado: el barbero y el flebotomiano.
Las hierbas medicinales y los compuestos de origen vegetal tenían usos muy particulares. La mentalidad altamente casuista del español la asimilaba muy bien. Pero en general, un medicamento vegetal se clasificaba según la lógica hipocrática de los contrarios. La viravira es hierba “cálida”, la borraja es “fresca”, el hinojo y el eneldo son de naturaleza “cálida”.
Ante la ausencia de compuestos químicos se usaron extensamente las secreciones naturales: la orina, la leche humana, el estiércol de caballo. A fines del período colonial nuestro más ilustre médico, el profesor Mutis, recetaba sudor, montar a caballo y leche de burra.
Con respecto a las enfermedades de las mujeres, según el saber de Valenzuela, éstas se reducían a pocas cosas:
Todas las enfermedades que sobrevenían como consecuencia del alumbramiento eran denominadas `sobreparto’. Las afecciones internas peculiares de la mujer se llamaban ‘mal interior y las afecciones crónicas del abdomen cuyas causas eran desconocidas las denominaban obstrucciones.
Es forzoso anotar que el ejercicio de la medicina, no sólo en Santafé sino en todo el vasto territorio de las Indias, recibió desde sus comienzos el ingente aporte de las yerbas medicinales que conocían y utilizaban los indígenas de todo el continente.
También en ese aspecto vale anotar que el deplorable grado de atraso no se diferenciaba mucho del nivel medio de la medicina. Sobre la automedicación decía un documento del siglo XVI:
“Se ha visto que los más vecinos y otras personas, por experiencias que han tenido, tienen conocidas sus complexiones y se saben sangrar y purgar con cosas que por experiencia se ha visto ser provechosas, por lo cual algunos enfermos no han tenido necesidad del dicho médico y ha sido Dios servido de darles salud”.
Dado el hecho de ser la medicina costosa y poco eficiente, los santafereños siguieron por mucho tiempo empeñados en encomendar sus curaciones a la misericordia divina y a su propia intuición y experiencia. Decía otro documento de la época:
“Porque algunos hombres pobres y aún ricos que tienen alguna calenturilla, o un dolor de cabeza, vagidos, una ventosidad, un romadizo o una enfermedad del estómago, pasan sin llamar médico ni gastar botica y con sólo seguir regimiento quedan sanos”.
Por otra parte, la situación sanitaria fue absolutamente lamentable durante el período colonial. Sólo en los comienzos del siglo XIX, cuando llegó a Santafé la vacuna contra la viruela, puede decirse que la salubridad pública conoció algún progreso. De esa fecha hacia atrás, el panorama es sencillamente tétrico. Hacia el final de la Colonia escribía sobre este particular el sabio Mutis:
“Si a las calamidades endémicas se agregan los males propios a la humanidad; las anuales epidemias que son comunes a todo el mundo y la inmensa variedad de enfermedades originadas de los desórdenes de los alimentos, bebidas y mal régimen; reunidas tantas calamidades que diariamente se presentan a la vista, forman la espantosa imagen de una población generalmente achacosa, que mantiene inutilizada para la sociedad y felicidad pública la mitad de sus individuos, a los unos por mucha parte del año y a otros por todo el resto de su vida”.
La triste verdad era que contra la mayoría de las dolencias más frecuentes de entonces sencillamente no había remedio. Hay un documento muy curioso de 1790 en el que un médico de apellido Froes hizo un recuento en el que clasificó por géneros las enfermedades más frecuentes en Santafé. Desbrozado el diagnóstico, el resultado de las enfermedades fue el siguiente:

I. De género inflamatorio:
Dolores de costado.
Las anginas.
Reumatismo.

II. De género humoral:
Las pútridas: con inflamaciones y sin inflamaciones.
Las comunísimas.
Las catarrales.
Las pituitosas.

III. De género crónico:
El gálico.
El escorbuto.
Pocas diarreas.

IV. De género endémico:
Hipocondrías.
Cachexias.
Obstrucciones.

V. Frecuentísimas:
Hidropesías.

VI. Epidémicas:
Tabardillo.
Sarampión.
Viruela.

A este listado de enfermedades corrientes Mutis agrega otras de tipo endémico. “Las escrófulas, llamadas vulgarmente cotos y las bubas llagas y se añaden dos enfermedades, la lepra y la caratosa, esta última en concepto de Mutis “una especie de lepra judaica”.
Dentro de este cuadro verdaderamente desastroso de salud pública en Santafé y el Nuevo Reino, el sector más afectado era naturalmente el de los indígenas, especialmente afectados por las enfermedades europeas y totalmente desprotegidos. Para el indio no hubo jamás la mínima asistencia médica. Dice un documento de la época:

“Desde que el indio enferma hasta que lo llevan a enterrar no es visitado por su amo, y si entonces sabe que murió, no es porque ha tenido cuenta con él sino porque el cura no quiere enterrarlo sin que le paguen”.

4 comentarios:

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