sábado, 15 de noviembre de 2008

Boticarios y Boticas

La botica, parte esencial del sistema médico español, fue transplantada con todos sus rasgos característicos a las Indias. En estos establecimientos existía la tendencia a expender de manera casi exclusiva las llamadas “medicinas de Castilla”. Sus precios eran excesivamente altos por lo cual el Hospital de San Juan de Dios estableció una especie de subsidio para dotar de medicinas a los pobres.

También estos altos precios contribuyeron a que se extendiera dentro de la población el uso de yerbas y mixturas medicinales de origen indígena.

El oficio del boticario fue reglamentado por la Real Audiencia y se estableció como norma que ninguna receta podría ser despachada sin la autorización de un médico. Sin embargo, en la práctica los boticarios hacían prescripciones como ésta:

“Un boticario mandó para cólico histérico agua de hinojo, clavos piperinos y cataplasmas de ruda y cebollas fritas aplicadas en el vientre”.

Las boticas estaban por lo general respaldadas por algún convento o por el hospital. Sin embargo, en el siglo XVIII empezaron a funcionar las boticas privadas hasta el punto de que en la segunda mitad del siglo hubo protestas por lo que se consideró como una “excesiva” proliferación de estos establecimientos en relación con una ciudad cuya población apenas llegaba a los 16.000 habitantes.

Podemos suponer que quienes se ejercitaban como médicos en sus casas, componían medicinas para sus pacientes o para el público en general, ya que no existía un severo control. Alfaro, médico curandero, preparaba hacia 1790 sus propias medicinas.

En 1784 fue incrementado el control sobre las boticas privadas, y empezando el siglo XIX, los reglamentos llegaron hasta exigir a los boticarios “asistir a su botica todo el día y noche durmiendo en la pieza inmediata para acudir al despacho de las recetas y poniendo una campana que debe ser atada a la reja misma de la botica para que se sirva de ella el público”.

Pese a estar prohibido el aguardiente en todo el territorio de las Indias, los médicos y el prior del Hospital de San Juan de Dios solicitaron licencia para vender aguardiente en la botica de la institución con fines estrictamente medicinales. Las gentes creían en el aguardiente, no sólo por las propiedades desinfectantes de este licor por su contenido alcohólico, sino también porque le atribuían numerosas propiedades terapéuticas.

El prior, los médicos José de La Cruz y Juan F. Castro y el cirujano Diego de Aguilar coincidían en atribuir al aguardiente notables virtudes contra la erisipela, la esquinancia, las perlesías, los dolores reumáticos, el cáncer y las llagas fistulosas, las gangrenas, los apostemas, los edemas y los estioremas. Además creían en el aguardiente como terapia infalible contra los catarros contumaces y la hidropesía.

A pesar de las seguridades que dieron los frailes de que el aguardiente sería aplicado con fines exclusivamente medicinales, la Real Audiencia se empeñó en mantener vigente la prohibición.

Contrario a lo afirmado por historiadores como Ibáñez y Soriano Lleras, la primera botica que encontramos no data de 1631 como ellos afirman. En una lista de compras diarias del administrador de una Casa aparece la “Botica de Gutiérrez” en 1614. Es posible que esta botica sea la misma que encontramos 12 años después. La botica de Pedro Gutiérrez aparece como objeto de una prohibición para que reciba recetas que no sean rubricadas por médicos graduados.

También se cuenta con datos acerca de la existencia de una botica en la Plaza Mayor (1631), atendida por su propietario, Pedro López, de la que abrieron los jesuitas por esa época y la que necesariamente debía poseer el hospital.

En 1651 aparece identificado el boticario Antonio de Urribarri como un testigo en el juicio sobre el Protobarberato. En 1763 el Protomedicato Cortés le expide licencia a Juan José Mangue para ejercer como boticario; abrió botica en la parte baja del Colegio del Rosario. En 1763 también funciona la citada botica del Borraes, problamente en la Plaza, al cual lo reemplazó el boticario Salgado a partir de 1771.

En 1767 se trasladó la botica de la Compañía de Jesús al hospital San Juan de Dios. Para esa época era la “mejor surtida y atendida de la capital” con la obligación de atender a los pobres tanto del hospital como del asilo del Hospicio. Para entonces existían dos boticarios atendiéndola, uno mayor o primero, Fray Salvador Delgado, y un boticario segundo Fray Narciso Rico.

Las boticas aumentan a principios del XIX. Con la demanda creciente, debió ser objeto de la atención del espíritu empresarial santafereño.

En 1807 Jaime Sierra tenía botica en la Plaza y al lado una chichería, también de su propiedad. Los dos disímiles establecimientos se comunicaban por una ventanilla abierta en la pared medianera.
El Cabildo amenazó con retirarle la licencia, lo cual nunca cumplio.

6 comentarios:

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