domingo, 23 de octubre de 2011

STATUS SOCIAL DE LA MEDICINA EN LA COLONIA


Un conjunto de razones conspiraron contra el bajo desarrollo de la medicina tanto en España como en las Indias, pues esta ciencia no pudo desligarse de una consideración sospechosa en términos sociales. Estuvo en un lugar ambiguo entre una artesanía de alto rango y una carrera universitaria con todo su oropel.

En España, desde temprana época, existían programas de instrucción sobre medicina dentro de los colegios mayores. No constituía una “carrera” en el sentido moderno, pero sí se regentaba una cátedra que servía de requisito para el ejercicio de la medicina al más alto nivel. 

En tal sentido, los créditos académicos otorgaban un “grado” o un título que avalaba ciertos conocimientos y una práctica médica tutelada. Oficialmente estaba incorporada dentro de los flamantes Colegios Mayores de Castilla. 

De las cuatro facultades consideradas principalmente (artes, derecho, teología y medicina) en los siglos XVI y XVII, la medicina era la menos valorada. R. Kagan, quien ha hecho la más completa exploración del sistema universitario de esos tiempos, coloca la medicina en la opción académica menos atrayente. En primer lugar estaba, lógicamente, la posibilidad de ser un “letrado” con perspectivas en el clero o en el Estado.

“Los rangos superiores del clero e importantes puestos en la administración real, ambos asociados con riqueza y prestigio social, constituían sin duda la elección preferida del estudiante. Una carrera profesional privada como abogado, a ser posible vinculada a un consejo real, tribunal provincial, catedral, corporación municipal o incluso a los dominios de un noble acaudalado, figuraba posiblemente en segundo lugar, en tanto que el ejercicio de la medicina o maestro de escuela ocupaban un pobre tercer puesto”. 
 
Como ya lo anotamos, la aberrante discriminación de que era objeto la medicina en España en cuanto a su rango social y profesional, se trasladó sin variaciones a estos reinos. 

Precisamente, a propósito de esta disparatada situación, el prolijo cronista Ibáñez censura las “falsas ideas que reinaban sobre distinción de clases sociales y que hacían mirar la práctica de la medicina como vulgar y baja, a tal extremo que los jefes de familia impedían a sus hijos, con limitadas excepciones, que se dedicaran a esta noble profesión”.

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