viernes, 28 de octubre de 2011

LA CIUDAD JAMAS CONTADA - Jose Milciades Murillo Ulloa


José Milciades Murillo Ulloa, participó en La ciudad jamás contada motivado por la convicción de tener una historia que contar. 

Pero el 13 de agosto de 2007, la opción de tener un espacio para que su voz reconstruyera aquellos momentos fundamentales de su vida, se extinguió en la ambulancia que lo trasladaba de la pensión en que vivió sus últimos días hasta el hospital.
 
Fueron muchas las preguntas sin una respuesta cómoda, correcta, metodológicamente previsible, que al interior del proyecto se hicieron: ¿debe seleccionarse un nuevo ciudadano narrador? ¿alguien debe tomar la voz de José? ¿Nos encargamos de ubicar a las personas que lo conocieron? ¿hacemos un relato de muchas voces? 

Pero la respuesta era tan cercana como difícil de ver: Carlos Alberto Casas, su acompañante, el mismo que había seleccionado su texto dentro de muchos, tenía la única clave para entrar a la fragmentada historia de este Niche que arribó a Bogotá en 1983 buscando alternativas, ayuda, soluciones. 

Esa esperanza, a lo largo de más de 20 años, se convirtió en la imposibilidad de contactar de nuevo a su familia por temor a ser juzgado. 

Este hombre que se movió por la ciudad de tantas maneras como pudo, que disfrutó de Transmilenio para llegar a la esquina de la Carrera 15 con 116 en la que, junto a su parche, pedía limosna de 4 a 9 p.m., dejó para La ciudad jamás contada no su historia, sino los rastros que su acompañante plasmó en un diario sobre sus encuentros. 

Este relato no es como los otros, fue atravesado por el destino que le impidió a José Milciades ver impresas sus palabras en estas páginas, a la vez que nuestro intento por no dejarlo en el olvido. 

DESDE QUE EXISTO, MI VIDA NO HA SIDO FÁCIL
 
Junio 8. "Mire hermano, si yo me hubiera quejado en la vida, estaría acostado en una cama y nunca habría sido capaz de salir a la calle". Con esta frase me recibe José Milciades cuando me acerco a conocerlo. 

El escrito con el que participó en La ciudad jamás contada es complejo, humano, contradictorio, por eso lo busco,  quiero conocer más de cerca su realidad, lo encuentro en la calle, en medio del asfalto pidiendo plata a los carros, apoyado en sus rodillas protegidas por unos cauchos para evitar que se pelen. "Es que a mi me ha tocado muy teso todo, me ha tocado siempre llevar del arrume, como decimos en la calle". 

Su vida está marcada por la dificultad de moverse de un lado a otro, y por el recuerdo remoto de sus primeros pasos dados en la pieza donde vivía con su familia en Aguablanca, Cali. 

Fueron sus únicos pasos. La polio que llegó por la ignorancia de su familia, le impidió caminar el resto de su vida. Su niñez transcurrió entre tratamiento y tratamiento.

ESTE TRICICLO ES MI MEDICINA 

Junio 22. El encuentro es en el Carulla de la esquina donde trabaja. Me pide que le empuje su triciclo para poder subir la rampa. En medio de un café y dos empanadas, me cuenta que cuando llegó a Bogotá se movió en un carro de esferas hasta que la suerte le sonrió: "Hace como nueve años estaba trabajando en el semáforo de la Calle 26 con las Américas mientras caía un aguacero. Me había atascado en una alcantarilla y estaba todo mojado. Se me apareció la virgen cuando un señor se asomó desde su carro y me dijo: "¿Le gustaría tener una silla de ruedas Le voy a dar una". 

Yo pensé que era de esos tipos que se aprovechan de uno haciéndole promesas y nada más. Pero igual le dije que si. 

Al otro día apareció, la verdad no me lo esperaba. 

Me dio el triciclo en el que ando hoy., me costó mucho aprenderlo a manejar, me caía y hasta me levanté una uña entera. El señor me contó que tenía a su esposa enferma de cáncer y había ido a hacerle una promesa al Divino Niño para que ella se aliviara, mandó hacer 300 triciclos para repartirlos a personas discapacitadas, nunca volví a verlo, ni supe si la señora se alivió". 

Esta conversación sin destino conocido, va y viene en medio de las grabaciones que acordamos hacer de su voz y las notas que voy tomando. 

La historia aparece: sobrevivió Bogotá recorriendo sus calles en un carro esferado, luego en su triciclo e incluso en una silla de ruedas eléctrica, vivió en un cambuche en El Cartucho y en pensiones de paso en el Centro, metió toda la droga que se le atravesó y que pudo comprar con las monedas que la gente le daba, se alimentó de las sobras de los restaurantes, y se dio cuenta que la única manera de subsistir en la calle era teniendo a la gente de su lado, que alguien como él no podía solo. "Casi siempre me siento atropellado por gente que lo menosprecia a uno en la calle. Hay personas que cuando me les voy a acercar a pedirles plata, y sin que el semáforo haya cambiado, adelantan el carro para que uno no se les arrime. 

Más de una vez me han cogido los dedos de la mano con las llantas". 

¡ESTA CHIMBA NO LA DEBERÍAN COBRAR! 


Julio 3. Nuestro encuentro es en la Avenida Caracas con Calle 25 para acompañarlo en su recorrido de Transmilenio. 

"Yo me demoro como una hora y media desde la pensión, en el barrio Santa Fe, hasta el semáforo de la Calle 116 con 15, no me gusta bajarme en la estación de la 116, porque una vez me quedé atascado con el triciclo en el ascensor, prefiero la de la Calle 125 que tiene rampa y un policía bachiller que me ayuda. 

De ahí llego hasta la Avenida 19 y por la ciclorruta hasta la esquina de la Carrera 15. Ahí me encuentro con los de mi parche: Eliver que vende dulces y cigarrillos, Modesto que tiene una chaza frente a Carulla y vende minutos de celular, y el que vende mandarinas". 

Así transcurre cada día en su lucha por subsistir en Bogotá, entre el verde y el rojo del semáforo. 

Para nadie hay trato especial. La calle es igual de dura con todos.
 

Aunque reconoce que Transmilenio le ha hecho más fácil esta vuelta, refunfuña al entrar a la estación por tener que pagar. 

Cuando sube al bus articulado, aunque nadie está pendiente de él, la gente le abre espacio para que se pueda ubicar en el sitio asignado para discapacitados. 

La ciudad pasa ante sus ojos, respira con algo de esfuerzo y sonríe, dice que es de los pocos espacios en los que no se siente distinto, ni discriminado. 

Es un pasajero más, un ciudadano en plenitud de sus derechos